En una atestada oficina de un modesto edificio en la gran metrópoli de la Ciudad de México, cinco mujeres se sientan frente a mí para responder a mis preguntas acerca de su condición de miembros de la Soka Gakkai Internacional. ¿Por qué, dada la naturaleza rutinaria de este encuentro, tuve que resistirme a derramar algunas lágrimas? ¿Qué es lo que provocó una respuesta emocional de mi parte en esa reunión? Fue la profundidad del aprecio que expresaron estas mujeres por su fe y su práctica budistas. También fue la simple elocuencia de varias de las mujeres ancianas al recordar sus historias de vida, típicas historias de pobreza, de casamiento a una edad temprana, de falta de oportunidades educativas y de trabajo interminable. También fue la comedida elocuencia de una mujer que cumple su función como madre de cuatro hijos talentosos y como mujer de carrera que trabaja de médica y administradora, roles desafiantes y difíciles de mantener en cualquier parte, pero especialmente en México.
Cuando escuché los testimonios de estas mujeres, especialmente de aquellas provenientes de granjas humildes y de clase obrera, no pude sino pensar en dos grupos de personas. El primero fue mi propia familia, con una historia similar de pobreza en Appalachia, un área rural de empobrecimiento crónico en los Estados Unidos. Si bien entre los miembros de mi familia podían encontrarse algunos ejemplos de práctica y convicción religiosa, para la mayoría la religión era algo distante y que no recibía demasiada consideración. Por otro lado, estas mujeres mexicanas, frente a las alternativas existentes, habían encontrado en el budismo una opción práctica para enaltecer su vida.
El segundo grupo de personas que vino a mi mente fue el de las mujeres que aún viven una existencia de innumerables dificultades, no solo económicas, que es una situación que se enfrenta en todo México en la actualidad, sino también de conflictos con la dominación del hombre, la carencia de incentivo y oportunidades educativas, además del autoritarismo religioso. Varias mujeres hablaron sobre la lucha que debieron librar para superar la hostilidad de sus esposos y familiares, así como la desaprobación de los líderes religiosos cuando comenzaron a practicar la fe budista, cuyo énfasis se centra en la responsabilidad individual y la libertad en medio de tradiciones sociales convencionales y de despersonalización. Cada una de las mujeres, a su manera, rindió tributo a la importancia fundamental que el budismo enfatiza en la obligación personal de cultivar la vida espiritual, así como de la necesidad de ofrecer una ayuda a las demás personas en la búsqueda de la autenticidad personal. Ellas también estaban muy agradecidas por la ayuda que representa la comunidad de creyentes amigos, sin los cuales no habrían podido revolucionar sus vidas.
Cuando reflexioné sobre sus historias, recordé que estaba escuchando las historias de tan solo una pequeña fracción de personas que viven en la Ciudad de México, dentro de ese país. Me pregunté cuán importantes podían ser cientos de budistas en un mar de millones de no budistas. La respuesta quedó revelada en la historia del niño que, en una playa, devolvía al mar pequeñas estrellas de mar que habían quedado varadas en la playa y que enfrentaban una muerte segura. Un adulto le preguntó al niño por qué perdía el tiempo haciendo eso, si solo podría salvar a unas pocas estrellas. Este le respondió: "Lo que estoy haciendo es importante para la que estoy salvando". ¡Y lo mismo sucede con los budistas de México! Desafiando el medio ambiente
La Soka Gakkai Internacional de México me impresiona porque es una organización de miembros muy entusiastas, enérgicos, esperanzados y sumamente motivados. Ellos representan los diversos niveles de la sociedad mexicana, desde personas con carreras profesionales hasta obreros, estudiantes, amas de casa y artistas. La organización reconoce que la cultura prevaleciente de México presenta tanto obstáculos como oportunidades para el desarrollo de la fe y la práctica del budismo, y que esos obstáculos y oportunidades son las dos caras de una misma moneda.
Los miembros de la SGI consideran que el machismo que se manifiesta en las actitudes de superioridad masculina y autodefinición en términos de virilidad, así como los modelos patriarcales y la tradición religiosa formal predominante con su énfasis en la tradición, el misterio, el sufrimiento y la autoridad dogmática, son obstáculos y oportunidades. Si bien estos aspectos de la cultura mexicana pueden diferir, el énfasis del budismo en la dignidad inherente de cada individuo y la necesidad de descubrir dentro del yo la verdad de la vida y de reconocer que esa verdad es la única y verdadera capacidad, ellos también hacen que las personas se rebelen contra la cultura prevaleciente. Muchas personas ya no pueden defender las tradicionales actitudes machistas, y muchas otras aceptan solo en un nivel ritual la religión impuesta siglos atrás por los españoles. La desilusión del pueblo mexicano respecto de las tradiciones de la iglesia y de la sociedad patriarcal brinda a los miembros de la SGI una significativa oportunidad para enseñar a otros acerca de su filosofía y práctica.
No obstante, en la actualidad, México todavía sigue siendo un entorno desafiante para propagar los principios budistas. Aunque existe un fuerte sentimiento en contra del autoritarismo en la religión, hay una gran cantidad de personas que todavía profesan y practican la lealtad hacia la iglesia. En realidad, en algunas áreas del país puede ser sumamente peligroso incluso cuestionar o desviarse de la estricta aceptación de los patrones tradicionales de la sociedad dominada por la iglesia. Sin embargo, un miembro de la SGI explicó que, a pesar de estas situaciones, cada vez más mexicanos están buscando algo más allá de los modelos religiosos y culturales tradicionales. Imperturbables ante las personas fanatizadas por su celo religioso, hay muchos que han superado su temor a aquello que es diferente. Una herramienta para vivir
Uno de los aspectos más impresionantes de la SGI de México es su División de Jóvenes. La vitalidad, el humor, la curiosidad intelectual y la natural alegría de los miembros de la división juvenil me dieron una razón para sentir confianza en el futuro de la SGI en México. Un estudiante, en particular, demostró un agudo discernimiento de los atributos específicos del pensamiento budista. Dijo que se dedicó a estudiar las diferentes creencias y llegó a la conclusión de que el budismo es una religión verdaderamente universal, a diferencia de las religiones que predican la salvación solo para quienes aceptan ciertos dogmas. Dijo que el budismo considera valiosas todas las formas de vida y que, al igual que el agua y el Sol, abarca todo, tanto ahora como eternamente. Cuando le pedí que resumiera en una palabra su visión del budismo tal como enseña la SGI, él respondió que es una herramienta, una herramienta para vivir, es amor por la vida. Dijo que el budismo nos enseña a abrazar la vida con alegría —cualesquiera sean las circunstancias— y a seguir creciendo. Él había preparado notas para nuestra entrevista y me preguntó la razón por la cual yo me dediqué a estudiar a la SGI de la India, Inglaterra y México. Incluso sugirió algo que yo no había reconocido: ¡una mística relación entre estos países!
Este joven señaló que los estudios más recientes sobres los orígenes y las culturas humanas muestran que las culturas mexicanas prehispánicas tuvieron sus orígenes en Asia y que existen importantes similitudes entre los conceptos filosóficos de la cultura budista y la prehispánica. Ambas culturas son las que más intensamente analizan el significado de la vida y la muerte. Él expresó una profunda gratitud a la SGI y a la orientación que le proporciona, y habló con mucho aprecio del presidente Ikeda y especialmente de su libro La vida, un enigma. Me preguntó si lo conocía y le respondí que tenía una copia en mi valija.
Asombrosamente, fue la pregunta de un pequeño de once años, Aloysha Villalpando, después de un discurso que di en el Centro Cultural de la SGI en la Ciudad de México, lo que capturó la esencia de mi proyecto y sus limitaciones. De pie junto a un grupo de adultos, él me miró y dijo: "Perdón, pero tengo una pregunta. ¿Hasta dónde, realmente, es posible llegar cuando se estudia la religión de otras personas?". ¡Era una pregunta sumamente perspicaz para cualquier edad! Yo le dije que uno podía ir sólo hasta donde llegaran las descripciones de las ideas y acciones. Nadie puede llegar hasta el verdadero lugar de la vida religiosa, porque el verdadero lugar de la religión está en el corazón humano. Para mí, era evidente que Aloysha ya sabía esto antes de que me planteara la pregunta. Fue un placer conocerlo, así como a muchos de sus amigos miembros de la SGI que reconocen que la verdadera fuente de la fe y de la práctica está dentro de su corazón El verdadero Gohonzon, como enseñó Nichiren, está en el corazón humano.
Durante mi visita a la SGI de México, volví a quedar hondamente impresionado, tal como me había sentido en la India, con la inconfundible realidad de que esta organización es fundamentalmente autóctona, independiente, elegida libremente, profundamente agradecida por las palabras y el liderazgo de su presidente, Daisaku Ikeda, pero no dominada por él ni por su personal, y conformada por miembros estudiosos y autodisciplinados, comprometidos con la autorrealización a través de vidas dedicadas a la verdad y a la preocupación misericordiosa por toda la humanidad. En la actualidad, la cantidad de miembros es pequeña: son apenas algunos miles entre los noventa millones de habitantes, pero su organización es fuerte y lleva dentro de sí la semilla de un formidable crecimiento.