Budismo en acción

Nuevo compromiso con la sociedad

Marianne Acker, Alemania

Cuando me jubilé de mi trabajo -gozaba de un interesante puesto en un banco-, mis primeros planes fueron disfrutar de mi nueva libertad, y luego satisfacer mi apetito por la cultura estudiando, leyendo, escuchando música, viajando y, por último, pero no por eso menos importante, pasando mi tiempo con mi familia.


Sin embargo, después de dos años, esa satisfacción desapareció. Sentí el profundo deseo de volver a realizar trabajos sociales, para invertir mi energía y tiempo en mi pueblo de Frankfurt. Entre las múltiples ofertas y demandas que recibí, finalmente decidí visitar a las mujeres en la cárcel. Yo tuve la oportunidad, aproximadamente 10 años atrás, de conocer a una mujer venezolana que estaba en prisión y que deseaba encontrarse con un budista. Fui a conversar con ella y la alenté durante un período de un año. Así, en 1999, recordé nuevamente la terrible atmósfera de paredes, alambres con púas, cerraduras, llaves, silencio, hostilidad, control y vigilancia. Sentí que era mi desafío personal ir a la cárcel y ofrecer mi comprensión, mi cuidado y mi apoyo.


Creo que un ser humano mantiene su dignidad independientemente de lo que haya hecho, y que es importante ayudar a las personas a superar el sentimiento de ser ciudadanos de segunda o tercera clase, de no tener futuro y ninguna oportunidad real para cambiar su vida incluso si vuelven "al exterior".


Siento que existe esperanza, valor, fuerza y bondad en esas personas. Cuando hablo con mi amiga de la cárcel, no soy, en absoluto, mejor o superior a ella. Para llegar al corazón de esas mujeres, primero tengo que abrir mi propio corazón. Yo las incluyo en mis oraciones, para estrechar aún más mis lazos con ellas.



Amigas de la prisión


De esa manera, comencé a hacer visitas regulares -una vez a la semana durante una o dos horas- a tres mujeres, una joven alemana con una condena de 10 años, una traficante de drogas colombiana con cinco años de prisión y una alemana con tres años, que es madre de dos pequeños que vivían con padres adoptivos. Sin que yo se los preguntara, cada una de ellas me contó por qué estaba en prisión.


La prisión JVA III, del estado de Hessia, alberga alrededor de 400 mujeres, un tercio de las cuales proviene de otros países. Las acusaciones van desde deudas financieras y permanencia ilegal en Alemania hasta robo, tráfico de drogas y actividades terroristas. En Alemania, que es, principalmente un país cristiano, las iglesias, tanto la católica como la protestante, ofrecen todo tipo de apoyo para quienes están en prisión.


Si bien Alemania se ha convertido en un país multicultural y multirreligioso, cuando una presidiaria sugirió transmitir el budismo a sus "colegas", tuve que luchar contra la tradición religiosa del país. Después de más de seis meses de esfuerzo sostenido de nuestra parte, nuestra solicitud contó con un voto favorable.


En el verano de 2001, se dictó una primera conferencia a un pequeño grupo de mujeres interesadas. Lo que siguió fue un seminario de seis partes y, desde octubre de 2001, he venido dirigiendo un grupo llamado "Círculo budista", que se reúne una vez a la semana. La atmósfera es de apoyo, alegría y amistad. Siempre participamos de buen ánimo y con gran entusiasmo.


Los empleados de la prisión sin duda notaron el impacto de esas actividades y el cambio en la aceptación general de las mujeres. La transformación que se logró en las vidas de las personas que estuvieron practicando el budismo fueron muy evidentes. Mi decisión es continuar con estas actividades en esta prisión y que se abran posibilidades similares en muchos otros lugares del mundo.


También me reúno habitualmente con "V", una joven que está cumpliendo una larga condena, a quien conocí en noviembre de 1999. Ella no tiene interés en el budismo; simplemente nos hemos hecho buenas amigas. Se ha desarrollado enormemente y está pensando en un estilo de vida diferente para cuando salga en libertad.


[Cortesía de la revista SGI Quarterly, edición de abril de 2003]

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