Néstor Torres, Estados Unidos

"De modo que ocurrió lo impensable", pensé mientras veía caer las torres ese día.
Era un hermoso día en Beverly Hills; apenas comenzaba lo que se suponía sería un gran día (y una gran noche). Esa noche se realizaría el espectáculo de los Premios GRAMMY Latinos, y yo estaba nominado en la categoría "Mejor Album Instrumental Pop".
Si bien por lo general no me entusiasmo con los premios, la nominación de ese año significaba mucho para mí. "This Side of Paradise" (Este lado del paraíso), el disco compacto por el que estaba nominado, incluía "Paz Pa' Vieques" (Paz para Vieques), una canción que escribí y cuyo tema se refiere al uso de esa isla por parte de la Armada estadounidense para entrenamientos militares. [Vieques -con una población de 8.000 habitantes- es una pequeña isla a poca distancia de la costa este de la isla caribeña de Puerto Rico, mi tierra natal. Durante 60 años, la Armada ocupó la isla, causando grandes sufrimientos al pueblo y dañando gravemente el medio ambiente. Finalmente, el ejército se retiró en mayo de 2003].
La disquera no estaba interesada en la canción, así que yo mismo pagué para que fuese incluida, de modo que me sentía algo reivindicado con la nominación. De más está decir que esa noche no se realizó la entrega de los premios GRAMMY.
Cuando golpea un desastre, cambian las prioridades.
Lo que posiblemente hubiese sido una de las noches más importantes de mi carrera se convirtió en una fecha trágica que ha definido el comienzo del siglo XXI. Por esa razón, ganar el GRAMMY latino o cualquier otro premio se convirtió en algo sin sentido, sin significado. ¿Qué importaba si ganaba el mayor honor de la industria musical si mi trabajo no podía ayudar a detener esa barbaridad, esa crueldad? Me sentía indignado, angustiado, pero había una horrible sensación de reconocimiento.
Es una triste verdad que vivir en un mundo donde la dignidad de la vida humana se viola como un hecho cotidiano nos hace a todos vulnerables a la desesperanza, a la ira y a la violencia que esto engendra. También genera apatía e indiferencia, que son los males sutiles pero letales que han nacido de esa crueldad.
Y así fue como el día en que iba a ser un ganador se convirtió en un dramático y crucial momento de la historia humana y de la historia de los Estados Unidos de América, país que tanto amo. Personalmente, decidí que no tenía otra opción que descartar mi identidad superficial o transitoria como músico y revelar mi aspecto más profundo y verdadero como "Guerrero de la paz". El 11 de septiembre, repicó la campana de la revolución, de mi "revolución humana".
"Una gran revolución en un solo individuo propiciará un cambio en el destino de una nación, y, más aún, hará posible un cambio en el destino de toda la humanidad".
Estas palabras, que se encuentran en el prólogo de la épica novela del presidente de la SGI Daisaku Ikeda, La revolución humana, resuenan eternamente como un llamado a las armas espirituales para muchos practicantes del budismo de Nichiren en todo el mundo.
He venido invocando Nam-myoho-renge-kyo por más de 20 años, y estas palabras funcionan como un importante factor de motivación en mi vida y en mi fe budista.
Antes de practicar el budismo, mi visión respecto de mi propia vida y de mi rol como músico era muy diferente. Al comienzo, yo buscaba respuestas a preguntas difíciles: la vida y la muerte, la desigualdad, el sufrimiento... Nunca pude encontrarlas. Simplemente no había alegría alguna en mi vida. Conforme desarrollaba mi talento musical, en todas partes me sentía fuera de lugar y me mantenía solo la mayor parte del tiempo. Después, cuando me mudé a la ciudad de Nueva York y comencé a tocar profesionalmente, la actitud de mis amigos músicos, especialmente algunos a quienes consideraba mis ídolos musicales, desacreditaron cualquier sensación de asombro por hacer música.
Al descubrir y practicar el budismo de Nichiren, todo eso cambió drásticamente. Obtuve respuestas; la felicidad se convirtió en una experiencia más natural y comencé a apreciar y a disfrutar de hacer música. Lo más importante es que desarrollé un sentido de propósito, un significado más profundo para mi música.
Poder recordar el ilimitado potencial de la vida individual; poder extraer, una y otra vez, las verdades más fundamentales: el poder absoluto e infinito de la vida de un ser humano -incluida la mía- para transformar el futuro de la humanidad, cada persona a su manera. Esa es la razón por la que practico el budismo de Nichiren. Y fue mi práctica budista la que me permitió superar mi frustración y consternación por los ataques terroristas del 11 de septiembre. Ese día, decidí que mi trabajo, a partir de ese momento, tendría que marcar una diferencia. Desde entonces, he utilizado mi música como un "arma para la paz".
Para ser francos, esto no es fácil de hacer. Por eso, las palabras y orientaciones del señor Ikeda son tan importantes para mí:
"Si, como creo, la mayor tarea de la humanidad conforme avanza del siglo XX al siglo XXI es eliminar de una vez por todas la hostilidad y el derramamiento de sangre que desfigura la Tierra hoy, entonces la música, que permite a las personas comunicar mutuamente sus más profundos sentimientos, con seguridad está destinada a jugar un importante rol. Ofrece los medios más poderosos y eficaces con los cuales atacar la búsqueda de esa tarea".

La música tiene poder. No, la música ES poder. La música es vida. ¿Pueden imaginar un mundo sin ella? Sin canciones, sin melodías, sin ritmo. Verdaderamente, donde no hay música, no hay vida, no hay humanidad.
Creo firmemente que el propósito de una persona, su corazón, expresado a través del proceso creativo, puede llegar a influir en el corazón y la intención de la gente que está expuesta a ese trabajo; en mi caso, la música que escribo y ejecuto.
Mi disco compacto "Treasures of the Heart" (Tesoros del corazón) está inspirado en la declaración de uno de los escritos de Nichiren: "Más valiosos que los tesoros de los cofres son los del cuerpo. Pero ninguno es tan preciado como los tesoros del corazón".
Con esto en mente, todos mis conciertos y grabaciones están basados en asegurar que cada persona involucrada -público, músicos, técnicos, acomodadores y recaderos- sean tratados y se sientan como los participantes valiosos y dignos de respeto que son.
Además, mis actividades como disertante y educador tienen ahora una mayor prioridad, así como mi compromiso con los niños y las tareas de promoción de la paz con el ICAP (siglas en inglés de Comité de Artistas para la Paz), el GRAMMY en las escuelas, el Arte para el aprendizaje, y otras.
El Sutra del loto contiene la verdad acerca de las enseñanzas de Shakyamuni -que cada vida, todos los seres vivientes, son dignos de respeto-. Transformar, crear y vivir en una sociedad donde el respeto y la reverencia por la dignidad de la vida sean primordiales es la única alternativa para nuestra especie, y en verdad, para nuestro planeta, no solo queremos sobrevivir sino prosperar.
Por lo tanto, he decidido que mi misión como artista y como ser humano será tocar, revitalizar y volver a humanizar el corazón de cada persona, de a una por vez.
En cuanto al GRAMMY Latino...
Lo recibí en Los Ángeles, California, el 30 de octubre de 2001, en una modesta y sincera ceremonia, donde acepté este gran honor no como un reconocimiento por la obra ya realizada, sino más bien como un punto de partida y una referencia desde la cual mi música y obra pudiera inspirar esperanza y humanidad en el corazón de cada oyente.
[Cortesía de la revista SGI Quarterly, edición julio de 2004]