Aiko Matsumura, Japón

Soy la segunda hija de una familia acomodada, y jamás en mi vida tuve que luchar demasiado por concretar algo. Yo era alegre y feliz; tenía una actitud tenaz y jamás me daba por vencida. Amaba la literatura, y cuando estaba en la escuela secundaria, un periódico local publicó un ensayo mío. "La vida es larga", escribí, "y en el futuro puede llegar a suceder que los ásperos vientos del destino me presionen como un tifón, pero una nunca debe lamentarse ni ser derrotada. Nosotros determinamos nuestra vida según la valentía con que la afrontamos y según cómo la creamos".
Un niño llamado Takaetsu leyó mi ensayo y quedó conmovido. Nos hicimos amigos por correspondencia y, con el tiempo, nos casamos. Después, él decidió abrazar mi fe y, en 1966, ingresó a la Soka Gakkai.
Yo tenía 20 años cuando me casé, y mi vida cambió completamente, porque la familia de mi esposo se dedicaba a la agricultura. Además de ser la esposa de un agricultor, yo trabajaba en ventas y fui presidenta de la Asociación de Padres y Profesores durante 12 años. También ofrendaba gran parte de mi tiempo a las actividades de la Soka Gakkai y asumí grandes responsabilidades. La fuerza vital de mi atareada vida estaba en la práctica budista de entonar Nam-myoho-renge-kyo, que mi esposo y yo realizábamos juntos a diario.
Entonces, en octubre de 2000, ocurrió algo que jamás hubiera imaginado. Mi hijo había terminado con su novia y se había deprimido, pues sentía que ella lo había engañado. Dejó de ir a trabajar y se encerró en su habitación. Debido a esto, lo despidieron de su empleo y su depresión empeoró. Yo pensaba que lo sobrepasaría, y le dije que tenía que ser más fuerte, que había muchas chicas con las que podría salir. El 16 de octubre, recibí una llamada de la policía. Cuando mi esposo y yo llegamos al hospital, el cuerpo de mi hijo yacía sobre una cama con una sábana cubriéndole el rostro. Había saltado desde el edificio en el que vivía su novia. Él tenía 27 años.
Al principio, me sentí furiosa. ¿Cómo podía haber hecho esto? ¿Tan débil era? Luego, inmediatamente, comprendí que no debía culparlo a él. Lloré día y noche. Yo no me había percatado de cuánto había estado sufriendo. "Pude haber sido más misericordiosa", me decía a mí misma; hubiese podido compartir su dolor. Ya era demasiado tarde para hacer nada.
El tiempo se detuvo para mí. Por meses, no pude mirar a nadie a la cara.
Sin importar cuánto envejece un padre, su hijo es siempre su hijo. Recordé vívidamente toda nuestra vida juntos. Lo más doloroso fue el mensaje que él me escribió un Día de la Madre, cuando estaba en quinto grado: "Querida Mamá: Creceré. Tú estás siempre reprendiéndome. Por favor, elógiame algunas veces. Soy muy feliz cuando me sonríes. Te prometo que te brindaré una vida de comodidades cuando crezca. Tú siempre estás trabajando con esmero. Por favor, cuídate mucho, mamá. Con todo mi amor". Yo quería decirle: "Discúlpame por haber sido siempre tan estricta contigo. Siempre te reprendía". ¿Por qué no fui más amable con mi hijo? Día tras día, me torturaba este arrepentimiento.
Así como no había sido capaz de entender la lucha de mi hijo, ahora sentía como si no hubiese nadie en el mundo que pudiera comprender el dolor que yo estaba padeciendo.
Un día, comencé a tener dificultades para respirar; emanaba de mi cuerpo un sudor frío y me desmayé. Cuando recuperé la conciencia, me hallaba en el hospital, y mi esposo estaba de pie a mi lado con una mirada de preocupación en el rostro. Me dijo: "No puedes continuar así. Hay personas que te necesitan. Tienes que cuidarte". El amor en su rostro y la amabilidad de sus palabras me conmovieron, y una luz brilló en la oscuridad de mi corazón.
Continué invocando para encontrar una salida para mi dolor. Conforme profundizaba mi oración, mi percepción con respecto a la muerte de mi hijo comenzó a cambiar lentamente. Sentí que podía decirle: "Aun cuando te hayan engañado, me alegra que tú nunca engañaras a otros. Siempre fuiste un muchacho sincero". Comencé a sentir que mi hijo estaba vivo, en mi corazón. Tomé la decisión de que, por él, yo viviría una existencia con toda sinceridad en bien de los demás.
Creo que tener fe significa hacer surgir el sol de la esperanza desde el interior de nuestro corazón, sin importar cuáles sean las circunstancias en las que nos encontremos. Dentro de nosotros ya existen la sabiduría y una ilimitada fortaleza interior, y la fe es el poder que hace posible extraer esa fuerza desde el interior de nuestra vida. Gradualmente, empecé a sentir como si el río congelado de mi vida estuviese descongelándose y comenzara a avanzar nuevamente.
Por mi práctica budista, sé que la muerte no es la simple ausencia de vida, sino que, junto con la vida, es una parte esencial de un ciclo más profundo.

Sentí que quería celebrar los 27 años de vida de mi hijo para ayudarlo a dejar atrás su legado. Mis noches de lágrimas no eran el legado que yo quería para él.
Yo siempre había disfrutado de escribir. Después de orar por esto, comencé a hacerlo. Entonaba, escribía, tachaba lo que había escrito, trataba nuevamente, y entonces invocaba un poco más. Aunque había creído que tenía algún talento para la literatura, ahora comprendía lo difícil que puede llegar a ser la escritura. Me llevó un año, pero finalmente terminé la autobiografía de mi hijo y yo, titulada Madre como el cerezo en flor (traducción tentativa).
Dediqué el libro a mi hijo y a mi propia madre, quien me dejó estas palabras antes de fallecer: "Las flores de cerezo solo florecen después de soportar el largo y frío invierno. La calidez de la primavera solo puede apreciarse soportando el gélido aire del invierno. ¡Vive tu vida como la flor de cerezo, que florece alegremente en plena primavera!".
La autobiografía se publicó en 2004. Después de eso, un diario local publicó una carta que describía mi alegría por la edición del libro. Para mi sorpresa, recibí muchas respuestas; algunas eran de madres que habían tenido experiencias similares a la mía.
Con el tiempo, el intercambio de cartas dio lugar a la formación de una red de madres, a la que hemos llamado Grupo Flor de Cerezo. Todos los meses, se reúnen unas 30 madres, quienes comparten y aceptan su pesar y se ofrecen apoyo mutuo. A través de este grupo, he podido brindarles a otras personas el mismo apoyo que recibí de las miembros de la Soka Gakkai que vinieron a ayudarme en mi hora más oscura, ofreciéndome no solo palabras de aliento, sino sentándose conmigo y compartiendo mi pesar.

Mi hijo fallecido me enseñó el poder de la fe. Él me permitió conocer personas maravillosas y extraordinarias.
Aunque nos venzan los hechos o dificultades dolorosos, creo que cada persona tiene dentro de sí el poder y el potencial para transformar cualquier dificultad o infortunio en buena fortuna. Vencer, para mí, significa ser capaz de sobrepasar el dolor y continuar avanzando. La vida comienza siempre desde hoy -desde este momento- hacia adelante. No quiero decirle adiós a mi hijo. Más bien, deseo expresarle: "¡Gracias!". Siento que recién estoy comenzando a florecer. Y sé que la luz de la primavera, la luz de la esperanza, siempre estará en mi corazón.
[Cortesía de la revista SGI Quarterly, edición enero de 2006]