Budismo en acción

Cara a cara

Koji Okumura, Japón

En febrero de 2006, el presidente de la SGI, Daisaku Ikeda, y el embajador de la China en el Japón, Wang Yi, se reunieron y dialogaron sobre el fortalecimiento de la amistad entre el Japón y la China y, como una manera de alcanzarlo, ambos enfatizaron la necesidad de expandir los intercambios culturales y educativos juveniles; en dicha ocasión, el presidente Ikeda propuso que un grupo numeroso de jóvenes de la Soka Gakkai visite la China.
En el momento del encuentro, las relaciones chino-japonesas sólo podían calificarse como frías. Aun cuando nuestros países comparten una larga historia, las relaciones en los tiempos recientes se han caracterizado por el resurgimiento de viejas tensiones que datan de la época de la Segunda Guerra Mundial. Estas tensiones, exacerbadas por la insensibilidad aparente de los políticos nipones, se hicieron más notorias debido a una serie de manifestaciones antijaponesas en la China durante 2005.


Este estado de cosas resultaba muy frustrante para muchas personas en Japón que, como yo, estaban preocupadas por las relaciones entre los dos países. Así, cuando escuché la propuesta del presidente Ikeda para el intercambio juvenil, decidí de inmediato que participaría.


Nunca antes había estado en la China, pero al abordar el avión, sentí que la gran escala de nuestro grupo de intercambio compuesto por 200 personas, realmente podía ayudar a cambiar las actuales relaciones chino-japonesas. Tuve el firme convencimiento de que estos 200 participantes podrían difundir, en el futuro, una correcta comprensión de la China a una audiencia mayor.


Al aterrizar en la China, sentí una gran excitación pero también turbación. Los recientes eventos políticos ponían en evidencia la enorme incomprensión que existía entre nosotros. De hecho, yo nunca había interactuado con chinos y debía admitir mis escasos conocimientos de este país.



La tragedia de la desconfianza


Sin un contacto estrecho, las impresiones que uno se forma de los demás, de manera espontánea y únicamente sobre la base de suposiciones están, hasta cierto punto, influenciadas por cualquier aspecto negativo que exista en la atmósfera general. Sólo cuando uno se encuentra en persona con los demás, puede verlos tal como son en realidad. Esto que siento describe la tragedia de la desconfianza a ambos lados de las relaciones.


En el transcurso del viaje de regreso, me impactaron estos pensamientos, por ejemplo, cuando visitamos un museo de guerra en Pekín en el que se mostraban espantosas escenas de desenfrenadas matanzas cometidas por el ejército japonés. Había una gran cantidad de pequeños escolares chinos apreciando la exposición. Todos los miembros de nuestro grupo sentimos un profundo pesar por esta trágica historia. Los niños también estaban muy conmovidos, y algunos de ellos lloraban. Pero cuando una integrante de nuestra delegación le ofreció su pañuelo a una de las niñas que lloraban, se lo rechazó diciendo que no quería un pañuelo de una persona japonesa.


Afortunadamente, esta clase de reacciones no fue un rasgo que caracterizara nuestro viaje. En cualquier momento, cuando nos sentábamos con las personas y comenzábamos a hablar con ellas, cualquier velo de desconfianza que existiera se evaporaba rápidamente. Se sentía como que, aunque en el pasado hubo eventos trágicos, después de todo somos vecinos con miles de años de historia compartida. Yo comprendí que a través del diálogo, no existe obstáculo para entendernos mutuamente.


En una reunión con estudiantes de la Universidad de Pekín, por ejemplo, la atmósfera inicial era muy tensa. Tan pronto como comenzó el diálogo, los estudiantes nos confrontaron con las acciones aparentemente antichinas de los políticos japoneses. Sin embargo, conforme avanzaba la conversación, los sentimientos se fueron suavizando y aligerando, y al final, los jóvenes de ambos países partimos con la firme determinación de ayudar a construir la amistad chino-japonesa.


Sobre todo, estando entre los chinos, en su medio ambiente -parado en el enorme espacio de la plaza Tiananmen; comiendo brochetas de cordero en un puesto de comidas cada noche; observando los ríos de bicicletas que recorren las calles cada día y sintiendo la abundante energía de este pueblo-estas simples percepciones e impresiones me han dado una valiosa sensación de proximidad con la vida de las personas comunes de la China.


[Cortesía de la revista SGI Quarterly, edición de enero de 2007]

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