Margie Hunt, EE.UU.
Margie recuerda que mientras volvía a su casa con su padre, vio a personas que caminaban sin rumbo por las calles, algunas desnudas, con la piel que les colgaba en tiras. Luego, en el hospital donde su hermana estaba siendo tratada, ella recuerda haber visto a personas que suplicaban que les permitieran morir.
Tras el bombardeo, en su primer día fuera de casa, Margie se dio cuenta de que el suelo estaba cubierto con lo que parecían unas flores fosforescentes. Mientras caminaba entre ellas, se percató de que estas "flores" eran pedazos de cuerpos y huesos humanos, que brillaban a causa de la radiación.
La guerra le dejó a Margie la férrea determinación de trazar su propio camino en la vida, rechazando primero la oferta de su padre de establecerla en una tienda de confección de prendas de vestir. En lugar de eso, en 1955, ella emigró al sur de los Estados Unidos. Enterró sus sentimientos y se volvió, según sus propias palabras, "fría y distante".
En 1965, comenzó a practicar el budismo de Nichiren Daishonin. Había abrazado su práctica budista en un nivel intelectual. Pero no fue sino hasta 2006, cuando se encontró con el alcalde de Hiroshima, Tadatoshi Akiba, que pudo liberar sus sentimientos acerca de sus experiencias de la guerra.
Después de reunirse y de hablar con él, lloró por primera vez. "Por 60 años no dije nada", admite ella. "Ahora, siento que tengo la misión de compartir lo que experimenté durante la guerra. Muchas personas no saben lo que sucedió –es mi promesa hablarles a ellas, y me esforzaré arduamente, dondequiera que pueda".
Es imposible expresar, dice ella, lo valiosa que es esta vida, y la práctica budista que la ha llevado hasta este punto. "Derriba la pared de tu corazón. Si logras tu propia transformación, todo cambiará en torno a ti", Margie ha hecho de este verso de un poema del presidente de la SGI, Ikeda, su inspiración.
[Cortesía de la revistaSGI Quarerly, edición de julio de 2007]