Ana Bran, Australia
Cuando estamos en estado de Ira, nos comparamos constantemente con los demás, corroídos por la envidia, y hacemos lo posible por aventajarlos. Eso provoca una distorsión que nos impide percibir el mundo de manera correcta; a causa de ello, naturalmente estallan los conflictos y nos lanzamos a la confrontación directa con los demás ante la menor provocación. Dominada por esa clase de saña, la gente es capaz de perpetrar los actos de violencia más atroces y hacer correr torrentes de sangre." (1)
Tanto en lo personal como en lo profesional, he visto y vivido las consecuencias catastróficas y desgarradoras de la guerra que ensombrecen la vida de sus víctimas y de las generaciones que les siguen. Un conflicto bélico afecta a todos los integrantes de una familia, comunidad o nación. Tal vez se puedan reconstruir edificios, pero no existencias que vieron su fin a causa de la guerra. Mi caso es tan sólo uno de varios millones. Desgraciadamente, para muchas víctimas es extremadamente doloroso hablar de tales vivencias y para otras, las que no sobrevivieron, es imposible contar lo que les sucedió. Se trata de un pasado atroz e inhumano, difícil de describir, en el que no hubo miramientos para infligir el más terrible sufrimiento al prójimo.
A comienzos de 1977, empezó una época turbulenta en El Salvador durante el que se emprendió una severa persecución en contra de los activistas religiosos y los profesionales del ámbito educativo y periodístico. Muchos fueron sacados de sus casas y nunca más fueron vistos. Los maestros que propugnaban la justicia social eran el blanco principal. En doce años, fueron asesinados doscientos educadores, catorce sacerdotes, cuatro monjas, un obispo y catorce periodistas; en la lista figuraban el ingeniero Félix Antonio Ulloa, rector de la Universidad de El Salvador, e Ignacio Ellacuría, rector de la Universidad Centroamericana "José Simeón Cañas". Un total de setenta mil personas murieron en esta crisis.
Mi experiencia personal de la guerra empezó a fines de 1979. Conducía mi auto de regreso a casa, acompañada de mi hermano menor y mis dos hijos. De pronto, unos individuos armados dispararon varias veces hacia nuestro vehículo desde escasos metros de distancia. A la mañana siguiente, confirmamos varios agujeros en el auto.
Luego, el 4 de julio de 1980, mi rutina diaria fue desbaratada completamente. En aquella época, trabajaba en dos escuelas diferentes por la mañana y la tarde. Al mediodía me disponía a presentarme en mi segundo centro de labores. Mis dos hijos, de seis y ocho años, estaban conmigo. Después de que estacioné el auto en la calle, frente al centro educativo donde enseñaba por las tardes, cinco hombres armados se acercaron, al estilo del difundido "escuadrón de la muerte", a pesar de la muchedumbre. Mis alumnos de primer grado estaban aguardando mi llegada. Ni la presencia de los estudiantes contuvo a esos individuos en el uso de la violencia. Temí que los niños podrían quedar traumatizados por un asesinato. Así que mientras acercaba mi mano suavemente al rostro de uno de ellos, dije: "Por favor, no me maten aquí, frente a los niños; ellos sufrirán mucho si lo ven. Se lo pido por el amor que usted le tiene a su madre".
Me pusieron una bolsa en la cabeza y maniataron fuertemente mis manos a la espalda. Mis muñecas quedaron en una posición dolorosa. Después me empujaron dentro de una furgoneta. Mientras el vehículo arrancaba, escuché los gritos de mi hijo mayor pidiendo a los perpetradores que lo llevaran o que me dejaran. ¡Qué angustia me causó el sufrimiento de mi hijo! Nos trasladamos durante algún tiempo y llegamos a un lugar donde me hicieron descender varios escalones y caminar por un corredor estrecho y largo. Fui presa de interminables agresiones y humillaciones por parte de mis captores. La tortura tomó muchas formas. Debido a la rápida y efectiva intervención de varias organizaciones humanitarias internacionales que ejercieron suficiente presión, fui liberada en 24 horas. Sin embargo, me obligaron a firmar documentos en blanco que podrían haber avalado cualquier declaración escrita. Antes de salir, me repitieron que sería perseguida segundo a segundo, durante toda mi vida. Los rostros de los hombres, sus uniformes, sus voces y su olor quedaron grabados en mi memoria.
El único camino que me quedaba era el exilio. Mi familia y yo buscamos refugio inicialmente en Nicaragua. Aunque estaba en un nuevo país, con nuevas personas y en un nuevo entorno, la nitidez de los recuerdos persistía. Sufrí el trastorno del estrés postraumático; las alucinaciones y las voces en mi cabeza eran constantes, al igual que las pesadillas. Nueve meses después de obtener un nuevo hogar, mi hijo menor murió en circunstancias trágicas. Me invadió un sufrimiento insoportable. Perseverar se convirtió en una lucha. En ese momento, el más angustioso y penoso de mi vida, conocí a Joyce, una mujer magnánima, miembro de la SGI de Nicaragua. Con gran paciencia, me habló del budismo de Nichiren y de cómo podía yo ayudarme a mí misma a reconstruir mi vida. Debido a que no tenía concentración ni siquiera para unos segundos, el doctor Navarro, otro miembro de la SGI de Nicaragua, viajó horas, todos los sábados por la tarde, para enseñarme a entonar Nam-myoho-renge-kyo. Él compartió conmigo alentadoras palabras y me ofreció un apoyo sincero. Su amistad y sinceridad fueron decisivas para que me iniciara en la práctica budista. Sentí que los miembros de la SGI me acogían con agrado y generosidad; me mostraban su respeto y una preocupación genuina por mi bienestar. Pocas semanas después, comencé a orar junto con ellos. Debido a mi condición, no podía participar en grandes reuniones, pero a pesar de eso, no dejé de sentir su corazón. Aún hoy guardo una profunda gratitud por su dedicación desinteresada y su amor compasivo.
Pasado un tiempo, mi familia y yo nos mudamos a Guatemala. Allí, afrontamos múltiples desafíos, especialmente en torno al problema de la inmigración. Sin embargo, mi práctica era más consistente y mi fe se había fortalecido. Mi determinación para superar las dificultades se puso a prueba en las más diversas formas.
A través de mi situación, comprendí que una de las más terribles consecuencias de la guerra eran la división y el sufrimiento de las familias. He visto niños que pierden a su familia entera. He hablado con padres que no han dado con el paradero de sus hijos. He presenciado el comportamiento más despreciable: la deshumanización de las personas y la destructividad de la ira.
Luego, mi familia y yo tuvimos la oportunidad de trasladarnos a Australia. Fue el mayor beneficio. Durante muchos años, habíamos orado para encontrar refugio en un lugar seguro y pacífico, lo más lejos posible de nuestra tierra natal. Llegar a Australia me dio la maravillosa oportunidad de retribuir mi deuda de gratitud por todos los beneficios que he recibido en mis años de práctica en la SGI.
Decidí aprovechar mi experiencia para ayudar a familias que han sufrido la guerra. En 1989, comencé a trabajar con los refugiados hispanohablantes. En 1992, obtuve un maravilloso puesto en un programa de asistencia a sobrevivientes de torturas y guerras, para el tratamiento traumático de las víctimas y sus familiares. El origen étnico y las creencias religiosas de estas personas son muy diversos. Trabajar para estas familias es una extraordinaria experiencia. Ellas comparten conmigo los más horrendos, crueles e inimaginables recuerdos y es un honor para mí poder apoyarlas en su nuevo destino, en un nuevo punto de inicio.
En Australia, gracias a la práctica y el estudio del budismo de Nichiren, he podido encontrar el profundo significado de lo que he vivido en el pasado. He transformado el sufrimiento en un sentido de misión, pues me siento comprometida a ayudar a otros a superar su dolor y a recobrar la confianza en la humanidad. La oración constante, día y noche, me da la sabiduría y la fuerza para alentar a las personas y reemplazar la desesperanza por esperanza. Poder apoyar a las personas para que recuperen su dignidad y reconstruyan sus vidas me brinda inmensa alegría. Para esto, considero que la fe, la práctica y el estudio del budismo son requisitos en mi vida. Hoy, vivo día a día con profundo aprecio y gratitud, en el camino de mi misión.
"Es fundamental que cada individuo eleve cualitativamente su condición como ser humano, porque, de otro modo, no será posible la transformación de la sociedad ni la creación de un orden social más positivo." (2)
| En octubre de 2007, Ana Bran fue nombrada líder nacional de la División Femenina de la SGI de Australia. Este artículo está basado en una experiencia presentada durante una reunión de intercambio con miembros locales japoneses, que se efectuó como parte del curso de capacitación de líderes de la SGI, realizado en Tokio, en noviembre de 2007. |
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Notas
(1) IKEDA, Daisaku: "La restauración de las conexiones humanas: El primer paso hacia la paz global", Propuesta de paz 2007, Tokio, Soka Gakkai, 26 de enero de 2007, pág. 20.
(2) Ib., pág. 30.
[Basado en el artículo publicado el 9 de noviembre de 2007, en el Seikyo Shimbun, diario de la Soka Gakkai, Japón.]