Presidente de la SGI :
Daisaku Ikeda
Daisaku Ikeda es un escritor prolífico, poeta y activista de la paz, reconocido como uno de los intérpretes más importantes del budismo, quien con su sabiduría influye en muchas de las cuestiones contemporáneas que enfrenta nuestra humanidad.
Disertación pronunciada en la Universidad de Bolonia, Italia, el 1º de junio de 1994
Si me permiten, desearía agradecer al honorable rector Fabio Roversi-Monaco por las generosas palabras con que anunció mi discurso. Aprecio profundamente la honra que se me ha concedido al otorgarme, junto al doctorado de la Universidad de Bolonia, este anillo especial.
Rector Roversi-Monaco, profesores de esta célebre casa de estudios, distinguidos invitados y queridos estudiantes: La oportunidad que hoy se me brinda de hablar en este ilustre centro del saber, en esta institución académica que ostenta la más venerable tradición del mundo, es para mí un inmenso honor. Quisiera, por tanto, manifestar mi sincera gratitud al rector y a todos los demás miembros de la universidad que lo han hecho posible.
A la vez, me siento agradecido por demás frente a tan numerosa concurrencia, a pesar de que todos se hallan en medio de la temporada más ajetreada del año académico: el período de exámenes. Si se me permite --con toda humildad, claro está-- solicitaría al rector y a todos los profesores ¡que recompensaran con las más altas calificaciones a los alumnos que hoy han participado en este encuentro!
Hoy se me ha pedido que transmitiera algunas de mis reflexiones sobre las Naciones Unidas. No se me ocurre un sitio más apropiado que la Universidad de Bolonia para el debate sobre la ONU y otros temas mundiales que guardan relación. Como ya he dicho hace cinco años, cuando me reuní con el rector Roversi-Monaco y con el prorrector Rinaldi en Tokio, esta universidad posee un legado inapreciable: el espíritu universalista y cosmopolita que late vigorosamente a lo largo de sus nueve siglos de historia. Estos valores son de vital importancia a la hora de inculcar en las Naciones Unidas una perspectiva "globalizadora", que trascienda los intereses locales de los estados miembros que las constituyen.
En los siglos XIII y XIV, este centro académico albergó a numerosos estudiantes de toda Europa que acudieron a ella movidos por su excelente reputación. Ellos construyeron una ciudad universitaria, cosmopolita e independiente. Amenazados por la invasión de Federico II (1194-1250), los alumnos de este recinto replicaron: "No somos juncos de una ciénaga, que tuerce la más débil ráfaga de viento. Si venís aquí, veréis hasta qué punto es como os advertimos"(1). Esto demuestra su nobilísimo espíritu. Estos sentimientos constituyen la espina dorsal de un verdadero ciudadano del mundo, tanto en aquellas épocas como ahora también.
La Soka Gakkai Internacional (SGI), como organización no gubernamental registrada en la ONU, ha participado en numerosas actividades de la institución y ha brindado un apoyo constante a su labor. Desde 1982, hemos auspiciado en forma conjunta varias exhibiciones junto a la ONU, en decenas de ciudades del mundo: "Armas nucleares: Una amenaza a nuestro mundo", "La guerra y la paz: De un siglo de guerras a un siglo de esperanza" y "Hacia el siglo de la vida: Ambiente y desarrollo". El propósito de estas muestras es provocar un llamado de atención sobre la necesidad de aunar nuestra sabiduría para hallar soluciones a los problemas mundiales que hoy nos aquejan.
Además, hemos auspiciado conjuntamente exposiciones para promover la causa de los derechos humanos. En diciembre del año pasado, llevamos a cabo la muestra "Hacia un siglo de humanismo: Una visión general sobre los derechos humanos en el mundo actual", en la sede de la ONU en Ginebra, para conmemorar el 45º aniversario de la "Declaración universal de los derechos del hombre". Se la volvió a presentar al público en dicho lugar nuevamente, en febrero, en ocasión del cónclave que celebró la Comisión de las Naciones Unidas para los derechos humanos. La exhibición también cumplió un ciclo en Londres hasta hace dos días (30 de mayo).
El Congreso Femenino de la Soka Gakkai para la Paz y la Cultura también abordó temas referidos a la juventud, heredera del siglo XXI. Sus exposiciones, "Los derechos humanos de la infancia" y "La UNICEF y los niños del mundo" han recibido una calurosa aceptación. Los jóvenes de nuestra organización también están haciendo frente a un profundo compromiso, a través de sus campañas de ayuda y de recolección de fondos para los refugiados de diversos países. Su esfuerzo redundó en una colecta de trescientos mil aparatos de radio portátiles que se enviaron a Camboya para apoyar la gestión del UNTAC (Autoridad de Transición de la ONU en Camboya), destinada a brindar información pública sobre el proceso de elecciones generales.
En lo personal, he presentado, por un lado, propuestas a las tres sesiones especiales de la ONU sobre desarme y, por otro, numerosas propuestas de paz, abolición de armamentos y reformas constructivas a las Naciones Unidas.
La SGI no es una organización política ni un simple movimiento social. Es, en su esencia, un movimiento basado en la filosofía del Budismo que busca promover la transformación interior de la vida humana. En consecuencia, hoy quisiera referirme no a propuestas que contengan reformas prácticas a la ONU sino a los ideales a los cuales debería aspirar, a la base espiritual desde la cual se podría revitalizar este parlamento de la humanidad, al concepto ético que guiará a los ciudadanos del mundo sobre quienes recaerá esta tarea.
En homenaje a la cultura de su grandiosa nación, me centraré en el genio que Italia produjo durante el Renacimiento --Leonardo da Vinci (1452-1519)-- y discurriré sobre el dominio de sí mismo que este hombre exhibió y sobre el constante vuelo de creatividad que signó su vida.
La esencia del sistema global representado por las Naciones Unidas es la cooperación y el diálogo. En otras palabras, el poder moderado, que se ve fortalecido por medios espirituales y filosóficos. Aunque haya ocasiones --como en Bosnia-- que reclamaron el uso del poder duro o militar como último recurso, no caben dudas de que la misión primordial de las Naciones Unidas es lograr sus fines mediante el poder moderado.
La historia de esta entidad es, no obstante, aún breve. El año próximo celebrará sus primeros cincuenta años de vida. En comparación con la larga trayectoria de la humanidad, podría decirse que la ONU recién ha sido fundada. Sin embargo, cuando consideramos la brevísima e infortunada vida de su predecesora, la Liga de las Naciones, advertimos que no se puede tomar a la ligera el medio siglo de lucha que lleva la ONU sobre sus hombros.
Desde que terminó la "guerra fría", esta entidad fue destinataria de grandes expectativas; se esperaba que adoptase un papel mucho más activo en el mundo, por la causa de la paz. Parece ser que este organismo internacional gradualmente comienza a funcionar con el espíritu con que fue fundado. Por tanto, debemos hacer cuanto esté a nuestro alcance para que esta tendencia incipiente desemboque en un siglo XXI colmado de esperanzas.
Hace cinco décadas, el presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, intervino en la fundación de las Naciones Unidas. Este dignatario heredó el legado de otro predecesor suyo en el cargo, Woodrow Wilson, figura clave en el establecimiento de la Liga de las Naciones. Al igual que Wilson, era dueño de una visión idealista, humanitaria e internacional. Como todos bien sabemos, esta visión se convirtió en el espíritu fundacional y en la fuerza motriz de la ONU.
Roosevelt persuadió sin desmayo a otros líderes mundiales --como José Stalin y Winston Churchill-- de la importancia que poseía la seguridad del planeta. Algunos historiadores restan valor a las aspiraciones de Roosevelt --humanistas en un orden global y, hasta podría decirse, cósmico-- calificándolas de irreales. Cuando reflexionamos sobre la parálisis de muchas funciones vitales de la ONU durante la "guerra fría", casi cedemos a la tentación de pensar que sus detractores tenían razón. Sin embargo, el clamor cada vez más imperioso de que la ONU regrese a su espíritu fundacional --concretar la paz mundial y la seguridad universal-- demuestra que el humanismo de orden cósmico ya no es una extravagancia ni una ilusión.
A medida que consideraba estas y otras cuestiones afines, venía a mi mente la imagen del gran Leonardo da Vinci, con toda nitidez, inmediata y contundente como la silueta de un objeto cuando uno, de pronto, ajusta el foco de una lente fotográfica. Quizá más de uno piense que mi idea de relacionar a Leonardo con las Naciones Unidas sea algo forzada: ambos términos pertenecen a dos dimensiones totalmente distintas. Después de todo, en su sereno e independiente avance por la vida, Leonardo pareció haber trascendido los conceptos sobre el bien y el mal, mientras que las Naciones Unidas, por su naturaleza, no han dejado de librar una lucha tortuosa entre intereses nacionales en perpetuo conflicto.
Pero creo que debemos ver todas las cosas de cerca y también a la distancia. Con un enfoque más lejano y amplio, el filósofo alemán Karl Jaspers dijo: "Leonardo y Miguel Angel marcan dos mundos entre los cuales hay poco contacto: Leonardo fue un cosmopolita; Miguel Angel, un patriota"(2). Concuerdo con Jaspers y creo que nunca hubo una época tan necesitada como la nuestra de las perspectivas que postuló Leonardo da Vinci.
La primera lección que, creo, haríamos bien en aprender de Leonardo es el dominio de la propia vida. Leonardo fue un individuo totalmente libre e independiente, no sólo liberado de las ataduras de la religión y de la ética, sino también emancipado de lazos que lo ataran a una nación, familia, amigos y conocidos. Fue un ciudadano del mundo, sereno y sin par.
Es un hecho bien conocido que fue hijo ilegítimo y que no se casó en toda su vida. Quizá como resultado de ello, se sabe poco sobre su familia; los vínculos que lo ligaban a la república de Florencia, su tierra natal, eran más bien débiles. Luego de acabar su período de formación como aprendiz, en Florencia, partió sin la menor vacilación rumbo a Milán, donde empleó diecisiete años trabajando bajo el mecenazgo del duque del lugar, Ludovico Sforza. Cuando éste cayó del poder, Leonardo pasó una breve estadía trabajando para el poderoso duque de Romagna, César Borgia, después de lo cual se trasladó a Florencia, Roma y Milán, en la medida en que se lo fueron requiriendo sus proyectos e intereses. En los últimos años de su vida, viajó a Francia por invitación de Francisco I, y fue allí donde murió. Leonardo no fue una persona desprovista de emociones ni de virtud, pero su vida estuvo signada por la trascendencia de lo mundano, ya que vivió consagrado siempre a sus propias metas, con toda fidelidad.
Cualesquiera hayan sido sus circunstancias o caminos, Leonardo mostró siempre escaso interés por las divisiones que solía imponer lo que en su tiempo se entendía por patriotismo, lealtad, bondad, belleza y beneficio; en cambio, aspiraba a un estado de vida que le permitiese observar todas las cosas sin apegos. No se dejaba tentar por la fama ni por la riqueza; sin embargo, tampoco se rebelaba contra la autoridad. En su singular devoción a sus intereses, era imperturbable a las convenciones mundanas.
Leonardo, pintor de la Mona Lisa, la dama de la sonrisa misteriosa, también retrató los soldados de la Batalla de Anghiari, feroces, fuertes y belicosos. El mismo Leonardo que estudiaba hidrodinámica, fisiología botánica y el vuelo de las aves también se interesaba ávidamente por la anatomía humana.
Se podrá decir mucho sobre él, pero su magnitud era tan grandiosa, que las normas de la sociedad resultan un patrón de medida insuficiente para evaluarlo. Además, la libertad con que trascendía todas las inquietudes y limitaciones mundanas nos permite vislumbrar la esencia de un ciudadano del mundo verdaderamente liberado. La vida de Leonardo expresa perfectamente el espíritu peculiar del Renacimiento italiano, pletórico de libertad y de vigor.
En mi opinión, Leonardo, por ser amo de sí mismo, pudo alcanzar dicha emancipación. Él mismo escribió: "No puede haber dominio más grande ni más pequeño que el que se tiene sobre uno mismo"(3). Es claro que, para Leonardo, el dominio de la propia vida era el principio primigenio, del cual derivaban todos los demás. A partir de dicha maestría sobre sí mismo, podía responder libremente a cualquier realidad, mientras que todas las convenciones que dicha realidad le mostrase --lealtad, bondad, belleza-- le eran sólo de valor secundario o aun terciario.
Leonardo no tuvo pruritos en aceptar la invitación del Rey de Francia, quien había provocado la caída de su anterior mecenas, Sforza. Para quien observa desde afuera, su actitud parecería hablar de una falta de escrúpulos o de integridad; sin embargo, en lo que respecta a este individuo colosal, la aparente incoherencia sólo habla de su inmensa generosidad de espíritu y de su tolerancia.
Este rasgo de trascender las convenciones es bastante similar a la enseñanza budista de "trascender el mundo" (en japonés, shusseken). El "mundo" se refiere al plano de las distinciones, de las diferencias --entre beneficio y detrimento, entre amor y aversión, entre belleza y fealdad, entre el bien y el mal--. "Trascender el mundo" significa liberarnos de los apegos a esta clase de distinciones.
El Sutra del Loto, la enseñanza más elevada del Budismo, habla de la necesidad de "guiar a los seres vivientes y de hacer que renuncien a sus apegos"(4). El comentario más profundo sobre el Sutra del Loto instruye: "La palabra ‘renuncien’ debe leerse como ‘perciban’"(5). Ello significa que no se trata de un simple liberarse de los apegos. Luego de trascenderlos, debemos examinarlos claramente, verlos tal como exactamente son y aprender a hacer un uso correcto de ellos. "Trascender el mundo", por tanto, indica la formación de una poderosa identidad interior que nos permita llegar a esta "percepción".
El filósofo alemán Friedrich Nietzsche, otro individuo que supo trascender los conceptos del "bien" y del "mal", declaró que Leonardo "conoció el Oriente"(6). Esto menciona, en mi opinión, la semejanza entre el espíritu de Leonardo y la filosofía oriental. La analogía también queda sugerida por el hecho de que tanto Leonardo como el Budismo comparan con un espejo la mente capaz de trascender las convenciones y el mundo.
La biografía de Leonardo escrita por el autor ruso Dmitri Merejkowski, La saga de Leonardo da Vinci, contiene un fragmento inolvidable que demuestra este dominio de sí mismo al que yo antes me refería. Sin duda, el biógrafo dramatiza con su imaginación la vida de Leonardo, pero la escena de la cual extraigo la cita es extremadamente vital y conmovedora, y transmite un retrato muy real y convincente de Leonardo. Éste, de pie en una colina, con su discípulo predilecto [Francesco Melzi], observa la batalla que transcurre a sus pies: las fuerzas de su mecenas Sforza están siendo derrotadas por el ejército francés.
"Todo lo que aquí ves, Francesco, fue, hace tiempo, el lecho de un océano que cubría una gran parte de Europa, Africa y el Asia...".
Nuevamente miró las distantes volutas de humo que escupían los cañones a cada disparo. A él le parecían tan ínfimas, en la distancia remota, tan tranquilas y sonrosadas bajo el resplandor del crepúsculo, cuya luz era como la de una antorcha sagrada, que le costaba creer que allí se estaba librando un combate furibundo, donde los hombres se masacraban unos a otros.
[...] ¿qué le importaba a él quién vencería al contrincante? La madre patria, la política, la gloria, la guerra, la caída de reinos enteros, el surgimiento de las naciones --todo eso que a los hombres parecía grande e imponente--..., ¿acaso no se asemejaban, en el marco eterno y sereno de la naturaleza, a esa voluta que se desvanecía en la luz del ocaso?(7)
La realidad de la guerra es pequeña e insignificante, cuando se refleja, como en un espejo, en la mente de quien logró ser maestro de su propia vida. Aquí Merejkowski supo capturar hábilmente lo que yo denomino humanismo de orden cósmico.
La SGI, basada en la filosofía del Budismo, no sólo apoya la ONU, sino que lleva a cabo muchas otras actividades para promover la paz y la cultura. Mediante esta labor, aspiramos a contribuir a la sociedad, siempre recalcando la importancia de la transformación interior e individual. Veo que nuestra filosofía de la "revolución humana" comparte gran parte del espíritu de Leonardo, en lo que concierne a ser amo de la propia vida.
A medida que nos vamos acercando al término de este siglo atribulado, conmovido en los años recientes por la tragedia de violentos conflictos étnicos, parece ser que no nos está siendo útil el enfoque centrado sólo en lo externo, en los sistemas y en las circunstancias. Creo que, para resolver los problemas que hoy nos acucian, será cada vez más importante adoptar puntos de vista semejantes a los de Leonardo, que insistan en lo interno, en el dominio de la propia vida.
El segundo tópico que quisiera analizar con respecto a Leonardo da Vinci es su continuo vuelo creativo. Todos conocemos bien el sueño de este gran hombre: que, algún día, los seres humanos pudiésemos volar igual que los pájaros. Pero no es errado decir, en mi opinión, que su propio espíritu se remontó hasta las alturas del vuelo creativo a través de su existencia entera.
Leonardo escribió: "Así te empeñarás durante tus días de juventud"; "El desuso herrumbra el metal; el agua estancada pierde su pureza y se congela a bajas temperaturas; del mismo modo, la inacción corroe el vigor de la mente"; "Más vale la muerte que el tedio"; "No hay labor capaz de extenuarme"(8). Fue una persona de extraordinaria energía y perseverancia.
Mientras pintaba La última cena, Leonardo a veces solía entregarse al trabajo desde el alba hasta la medianoche sin detenerse ni siquiera para comer ni beber. Luego, por tres o cuatro días, no tocaba la tela: profundamente absorto en sus pensamientos, iba y venía por la habitación. A pesar de esta concentración sorprendente, de esta devoción absoluta al acto creativo, Leonardo finalizó relativamente pocas de sus obras. La mayoría de sus cuadros, aun laboriosamente bocetados y pensados, quedaron inconclusos.
Genio polifacético de talentos múltiples, Leonardo se dedicó --además de pintar-- a la escultura, la invención mecánica, el diseño de armas militares, la ingeniería civil. En todos los campos exhibió su increíble versatilidad y amplitud de intereses. Pero, como simboliza su máquina de volar que nunca pasó de ser un sueño, la mayoría de su trabajo nunca se concretó; quedó en el plano de las ideas y de los planes. Pero es interesante notar que esto nunca perturbó a Leonardo. Él no consideraba estas creaciones incompletas como fracasos o causa de frustración; sin apegos, se dirigía hacia el proyecto siguiente.
Cosas que, para otros, podrían haber parecido inconclusas eran, para él, algo completo, en cierto sentido. Por cierto, acaso hayan tenido una sinergia: lo acabado que existe en lo inacabado. Si esto no fuera verdad, sería muy difícil conciliar la pasión de Leonardo por lo creativo con el inmenso número de obras incompletas que dejó. Lo acabado de lo inacabado es, al mismo tiempo, lo inacabado de lo acabado.
Suele decirse que el espíritu renacentista se caracteriza por la totalidad, por lo universal, por lo integral. Leonardo, asimismo, seguramente percibió un mundo de creatividad infinita; una totalidad y un universalismo que podríamos designar como "la vida del cosmos": un reino que todo lo abarca, al que Jaspers se refirió cuando dijo: "Leonardo consideró su obra como una totalidad y sostuvo que todo lo que había hecho debía quedar subordinado a dicho todo"(9).
La creatividad de Leonardo --se trate de pintura o de escultura, de invención, arquitectura o ingeniería-- fue un proceso en el que dio libre cauce a su talento prodigioso para incorporar el mundo de la totalidad, de lo universal, en el ámbito de lo particular. En otras palabras, fue el proceso de volver visible el mundo invisible. Como resultado de ello, por muy perfectas que fuesen sus creaciones magistrales, no podían eludir la suerte de quedar inacabadas, en tanto eran hechos pertenecientes al orden de lo particular. Nuestro destino no es quedarnos pacíficamente en dicho plano, sino mantener el vuelo constante, avanzar en forma continua e incesante hacia la creación siguiente.
Las últimas palabras que pronunció el buda Shakyamuni fueron: "Todos los fenómenos son efímeros. Perfeccionen su práctica, jamás se dejen ganar por la negligencia". La enseñanza esencial del Budismo Mahayana también nos exhorta así: «Fortalezcan su fe día tras día y mes tras mes. Si su determinación se debilita tan sólo un instante, los demonios tomarán ventaja» (Gosho Zenshu, pág. 1190). Otro fragmento señala:
Hasta un espejo percudido brilla como una gema, si se lo lustra. La mente empanada por las ilusiones que se originan en la oscuridad innata de la vida es como un espejo percudido, pero, una vez que se la pule, se vuelve límpida y refleja la iluminación de la verdad inmutable (Gosho Zenshu, pág. 384).
Estas palabras expresan la verdad más profunda de la vida.
Partir de lo acabado en lo inacabado para llegar a lo incompleto de lo completo... La sinergia de estas dos perspectivas es la actividad dinámica que yace en la creatividad infinita de la vida, en el dinamismo de la existencia.
Según sus propias palabras, Leonardo fue discípulo de la experiencia; siempre buscó observar la realidad sin preconceptos, exactamente tal como era; así pues, la función "cosificadora" del lenguaje --que tiende a capturar la experiencia y a congelarla como algo fijo-- le inspiraba sospechas y hasta hostilidad. El énfasis que ponía en la imagen visual y sus críticas al lenguaje me recuerdan el pensamiento de Nagarjuna, el gran pensador del Budismo Mahayana que vivió en el segundo o tercer siglo de esta era.
En su Mulamadhyamakakarika (La doctrina esencial o media), Nagarjuna criticó el lenguaje por su tendencia a "cosificar" o "reificar" nuestras experiencias y a otorgar sustancia a algo que, por su esencia, carece de ella. Nagarjuna declaró, en relación con la doctrina del origen dependiente (en japonés, engi) --verdad esencial del Budismo-- y con respecto al concepto de no-sustancialidad (en japonés, ku):
El Buda enseñó que la naturaleza del origen dependiente no se extingue ni se genera, no existe ni momentánea ni eternamente, no es simple ni compuesta, no viene ni va; trasciende la vanidad de las palabras y es la felicidad suprema.(10)
La cualidad "cosificadora" del lenguaje destruye la sinergia dinámica de lo completo y lo incompleto y crea la ilusión de que un estado de estabilidad temporal es de índole eterna. Tanto Leonardo como Nagarjuna advirtieron que esta falsa estabilidad o seguridad alienta una complacencia que busca el camino del menor esfuerzo. Leonardo ha dejado una sucinta admonición, "La impaciencia es madre de la insensatez"(11), que brilla con colores auténticos y gloriosos, cuando la analizamos dentro de este contexto, según creo. También esclarece el peligro del radicalismo que nace cuando uno confunde los ideales articulados con la sustancia y se apresura a concretar dichos ideales sin una correcta evaluación.
Como es válido en todas las cuestiones políticas y sociales, debemos evitar el radicalismo en nuestra labor para revitalizar las Naciones Unidas. Las esperanzas desmedidas en el papel de la ONU pueden fácilmente convertirse en desconfianza cuando los hechos se apartan de dichas expectativas aun en un grado pequeño. Hay peligro de que esto conduzca a "arrojar en el sumidero al niño junto con el agua sucia del baño". Para no cometer este error, debemos proceder como habría hecho Leonardo.
Intenté analizar el legado espiritual que nos dejó Leonardo, en relación con las enseñanzas del Budismo, organizado alrededor del dominio propio y del vuelo constante hacia una creación siempre renovada. Jacob Burckhardt, el célebre académico suizo del siglo XIX experto en arte y cultura renacentista, escribió: "Un hombre grande es [...] aquel sin el cual el mundo nos parecería incompleto"(12). Esto describe correctamente a Leonardo da Vinci, quien alumbró el Renacimiento italiano con una luz imperecedera. En medio del caos que parece cundir en este final de siglo, no se me ocurre otra época de la historia tan necesitada como ésta de personas independientes y nobles como Leonardo. Crear un nuevo orden mundial, centrado en las Naciones Unidas, finalmente dependerá de la cantidad de valores humanos auténticamente cosmopolitas que podamos convocar para llevar a cabo tan compleja tarea.
Como declaran los primeros renglones de la Carta de las Naciones Unidas –"Nosotros, los pueblos de las Naciones Unidas"--, son los pueblos, las personas, lo más importante; todo, en última instancia, depende de los hombres. Por eso la ONU debe desarrollar aún más sus funciones, con mayor apoyo y participación de todos los ciudadanos del mundo, hasta ser un parlamento del género humano, donde se escuche la voz de todos los pueblos.
¿Dónde yace la prueba de la vida? ¿Cuál es el valor de un ser humano? ¿Qué es lo más importante a la hora de entablar amistad entre las naciones y los pueblos? Para tratar estas cuestiones hace falta un elemento esencial: un nuevo pulso de humanismo que fluya por debajo de todas nuestras actividades y acuerdos, que nutra el desarrollo cultural y ahonde los intercambios entre culturas sin dejar de reconocer las diferencias que las vuelven únicas. Éste es el ideal triunfalmente proclamado por la Carta magna de las universidades europeas, firmada por instituciones de educación superior de todo el mundo --entre las cuales se contó nuestra Universidad Soka--, cuando este digno establecimiento cumplió novecientos años de trayectoria.
Como budista, estoy decidido a mantener el legado de Leonardo y a seguir avanzando, junto a todos ustedes, hacia la nueva alborada de la historia humana que se extiende ante nosotros.
Para finalizar, mientras oro por la gloria eterna de esta excelente universidad, madre de la excelencia y del saber, quisiera recitar unos versos del gran Dante, quien forjó lazos tan estrechos con su institución:
"Nada temas --me dijo--: cerca moras del punto ansiado; aliento más seguro, y reanima tus plantas vencedoras."(13)
Les agradezco, a todos, su atención cálida y generosa.
© Soka Gakkai Internacional. Todos los derechos reservados.