Presidente de la SGI

Presidente de la SGI : 
Daisaku Ikeda

Daisaku Ikeda es un escritor prolífico, poeta y activista de la paz, reconocido como uno de los intérpretes más importantes del budismo, quien con su sabiduría influye en muchas de las cuestiones contemporáneas que enfrenta nuestra humanidad.


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La perspectiva budista para el siglo XXI sobre la paz y la seguridad humana


Discurso pronunciado en el Centro de Hawai para Oriente y Occidente, con el auspicio del Instituto Spark M. Matsunaga para la Paz, perteneciente a la Universidad de Hawai, el 26 de enero de 1995


Hawai envuelve a todas las personas en el abrazo de su hermosa naturaleza. Aquí, Oriente y Occidente conviven amistosamente; las culturas diversas se fusionan y mezclan en armonía; hay equilibrio y simbiosis entre lo tradicional y lo moderno.


Por esa razón, es un sitio particularmente apropiado para discurrir sobre temas como la paz y el ser humano, de importancia esencial para el género humano.


Inicié mis giras por la paz aquí, en Hawai, en 1960, en el mismo año en que este centro se fundó. Desde la juventud, había tenido el ardiente deseo de contribuir para gestar un brillante amanecer de la paz mundial en esta tierra, trágico escenario donde estalló la Guerra del Pacífico, iniciada por el Japón militarista.


Si miramos atrás, podemos decir que el siglo XX se ha visto manchado con patética frecuencia por la masacre de hombres a manos de hombres. Este siglo estuvo signado por la guerra y la revolución; es cierto, pues fue testigo de dos guerras mundiales y de incontables movimientos insurgentes, que lo condujeron a un torrente inusitado de cruentos conflictos y de caos.


Los avances en la ciencia y en la tecnología produjeron un incremento drástico en la capacidad mortífera de las armas; se estima que cien millones de personas murieron violentamente en la primera mitad de este siglo. Bajo el régimen de la "guerra fría" que se instaló luego y desde entonces, los conflictos internos y regionales cobraron más de veinte millones de vidas.


Al mismo tiempo, la brecha de ingresos que fue dividiendo a los hemisferios norte y sud cada vez es más marcada: hay ochocientos millones de personas que viven en condiciones de hambre. No podemos cerrar los ojos ante la violencia estructural por la cual decenas de miles de valiosas y tiernas vidas se pierden cada día a causa de la desnutrición y de la enfermedad.(1)


Además, muchos pensadores señalan con alarma el empobrecimiento espiritual que cunde tanto en Oriente como en Occidente, prueba del vacío que ha generado la mera prosperidad material.


¿Qué ha ganado la humanidad en el siglo XX, a costa de este escalofriante sacrificio de vidas humanas? A medida que se aproxima el fin de la centuria, en medio de un desorden creciente, nadie puede sustraerse a la angustia que esa pregunta despierta.


Recuerdo aquí un fragmento del Sutra del Loto, enseñanza que contiene la esencia del Budismo Mahayana:



No hay seguridad en el mundo triple;
es como una morada en llamas,
colmada de multitudes sufrientes
temibles de verdad [...](2)


Este fragmento expresa una empatía ilimitada hacia la humanidad, atormentada por las llamas del terror y del sufrimiento.


En ese mismo sutra, con la mirada puesta en esa realidad agonizante, Shakyamuni formula la siguiente declaración:



Debo rescatarlos de su padecer y darles la alegría de la sabiduría de Buda, inmensurable e ilimitada, para que puedan regocijarse en ella.(3)



Esta determinación es un eje generador dentro del pensamiento Budista; a partir de ella, se ha creado una fluida corriente de acción dinámica hacia la creación de un reino indestructible de seguridad y de contento, sin alejarse de la dura realidad social.


La base de esta tarea siempre se encuentra en la transformación interior del individuo y en la renovación y revitalización de la vida y del diario acontecer. Mi maestro, el segundo presidente de la Soka Gakkai, Josei Toda, llamó "revolución humana" a este proceso.


En este siglo, a merced del culto al progreso que se impuso en la centuria anterior, nos hemos consagrado febrilmente a mejorar las estructuras sociales y el estado; trabajamos bajo la ilusión de que esto, de por sí, constituía el camino hacia la felicidad humana. Pero lo hicimos de tal suerte que eludimos una cuestión fundamental: cómo transformar y revitalizar al ser humano. Y, así, nuestro esfuerzo consciente en pro de la paz y de la felicidad sólo sirvió para causar el resultado opuesto. A mi juicio, ésta es la lección central que nos ha dado el siglo XX.


Me alentó mucho ver que el presidente Oksenberg, respetada autoridad en cuestiones de seguridad, sostenía una visión semejante al respecto.


Cuando, en el otoño pasado, nos reunimos en Tokio, manifestó lo siguiente:



Cuando la gente vive en un vacío espiritual, experimenta inseguridad. La estabilidad se convierte en algo desconocido. Nadie se siente a salvo. Las naciones y estados en que el pueblo vive así no brindan a sus habitantes una auténtica condición segura. La seguridad genuina exige que, además de pensar en la salvaguarda del estado, consideremos seriamente la seguridad de las culturas y de los individuos.(4)



Nuestra tarea es establecer un firme mundo interior, un sólido sentido de la identidad que no se vea sacudido ni esté a merced de la adversidad acuciante o de las circunstancias exigidas. Nuestro esfuerzo por transformar la sociedad sólo podrá conducirnos a un mundo de paz duradera y de auténtica seguridad humana sólo cuando tenga como punto de partida la transformación de la vida interior.


Esta es mi premisa principal; a partir de aquí, deseo aportar algunas perspectivas acerca de tres transiciones que tenemos por delante para llegar al siglo XXI: del conocimiento a la sabiduría; de la uniformidad a la diversidad, y, por último, lo que llamaría "de la soberanía nacional a la soberanía humana".


La primera transformación que quiero analizar parte de la necesidad de trasladar el énfasis actual en el conocimiento para depositarlo en la sabiduría. El presidente Toda señaló--y, a mi criterio, dio en el clavo de la cuestión--que confundir conocimiento con sabiduría era el principal error en el pensamiento del hombre moderno.


Es claro que el volumen de la información y del conocimiento que posee el género humano creció en forma pasmosa en los últimos tiempos, si lo comparamos con la situación de hace cien o incluso cincuenta años. Con todo, no podemos decir que este conocimiento haya conducido a una sabiduría capaz de crear felicidad a los hombres.


En cambio, el sufrimiento generado por este grotesco desequilibrio entre conocimiento y sabiduría queda simbolizado sucintamente en las armas nucleares, el fruto más "sublime" de nuestra ciencia y tecnología, y en la brecha de desarrollo abierta entre el norte y el sur, de la que hice mención hace unos instantes.


Hemos visto el advenimiento de una sociedad basada en la información y en el conocimiento; pero ahora se torna más crucial que nunca desarrollar sabiduría, indispensable para dominar los vastos recursos que esos dos logros han puesto a nuestro alcance.


Por citar un ejemplo, la misma tecnología de comunicaciones que puede emplearse para suscitar el terror y el odio en poblaciones enteras puede aplicarse, con la misma facilidad, para generar una expansión impresionante de las oportunidades educativas en todo el mundo. La diferencia yace sólo en el grado y en la profundidad de la sabiduría y de la misericordia de los hombres. El propósito permanente del Budismo es cultivar esta sabiduría misericordiosa que se halla en lo profundo de la vida humana en forma inherente. Nichiren, fundador del Budismo que practicamos, escribió lo siguiente en una carta a uno de sus discípulos:



Conocer a la perfección las enseñanzas budistas no lo relevará de sus sufrimientos de mortal común en lo más mínimo, a menos que usted perciba la naturaleza de su propia vida. Si usted busca la iluminación fuera de sí misma, cualquier disciplina o buenas acciones le resultarán vacías, sin sentido. Por ejemplo, un hombre pobre no podrá ganar ni una moneda por el hecho de contar la riqueza de su vecino, aunque lo hiciera noche y día.(5)



Una característica peculiar del Budismo, y del pensamiento oriental en general, es la insistencia en que toda actividad intelectual debe llevarse a cabo en íntimo diálogo con preguntas existenciales y subjetivas, como: "¿Qué es el yo?", "¿Cuál es la mejor forma de vivir?".


El fragmento que cité es representativo de esta vertiente de razonamiento. Se teme que la lucha por el agua y por otros recursos naturales sea, cada vez con mayor frecuencia, un factor causante de conflictos regionales. En tal sentido, recuerdo la sabiduría que Shakyamuni exhibió cuando tuvo que dirimir una reyerta regional sobre el agua en su estado natal. Sus enseñanzas peripatéticas lo llevaron hasta Kapilavastu nuevamente; allí, descubrió que una sequía había evaporado las aguas de un río divisorio entre dos grupos étnicos de la región, con lo cual se había generado un conflicto. Ningún grupo estaba dispuesto a ceder; habían tomado las armas, y parecía inevitable que se desencadenase el derramamiento de sangre.(6)


Shakyamuni intermedió entre ambas facciones y les advirtió de este modo: "¡Mirad a aquellos que luchan, dispuestos a matar! El temor nace a partir de que uno toma las armas y se prepara para atacar".(7)


"Es precisamente porque están armados que sienten miedo..."


Este razonamiento claro y sencillo arrancó un eco de comprensión en el corazón de las partes en conflicto, que les permitió despertar de su error y ver la necedad de sus acciones. Todos depusieron las armas y se sentaron juntos: amigos y adversarios.


Cuando, por fin, Shakyamuni habló, no se refirió a los puntos en contra y a favor que encerraba el conflicto, sino al terror primigenio a la muerte. Habló con fuerza y con palabras muy cercanas a todos, sobre cómo superar el miedo más primordial, el de la muerte inevitable, y sobre cómo vivir en paz y en seguridad.


Desde luego, el desenlace de este episodio tal vez les parezca muy simple, sobre todo si se lo compara con la temible complejidad de los problemas contemporáneos. La actual guerra en la ex Yugoslavia, para citar apenas un ejemplo, tiene raíces que se remontan a casi dos mil años. Durante dicho lapso, el área fue escenario de un cisma entre las iglesias cristianas occidental y oriental, de la conquista de los turcos otomanos y, en este siglo, de las atrocidades del fascismo y del comunismo. La apretada trenza de animosidades raciales y religiosas es tan profunda e intensa que excede la descripción. Cada grupo reclama su carácter único y singular; cada grupo conoce y apela a su historia en aras de justificarse. El resultado es el mortal callejón sin salida en que hoy nos encontramos.


Por estas razones, veo un significado imperioso en el esquema que nos muestra el diálogo valeroso de Shakyamuni. Nuestra época exige una sabiduría amplia y abarcadora que, en lugar de dividir, ponga el foco en aquello que compartimos y que señala nuestra pertenencia común al género humano.


Las enseñanzas del Budismo brindan un tesoro de sabiduría orientada hacia la paz. Nichiren, por ejemplo, ofrece este certero enfoque de la relación entre las tendencias negativas básicas en el hombre, por un lado, y las amenazas urgentes y externas a la paz y a la seguridad, por el otro.



En un país donde los tres venenos [avaricia, ira y estupidez] prevalecen en semejante medida, ¿cómo puede haber paz o tranquilidad? [...] El hambre se genera como resultado de la avaricia; las pestes son el fruto de la necedad; la guerra, hija de la ira.(8)



La sabiduría del Budismo nos permite romper los confines del "yo pequeño" (en japonés, shoga), ese yo privado y aislado, prisionero de sus propios deseos, pasiones y odios. Y nos permite "contextualizar" la psicología profundamente arraigada de la identidad colectiva a medida que expandimos nuestra vida, con exuberancia desbordante, hacia ese "yo superior" (en japonés, taiga), que convive con la esencia viviente del universo.


No hay que buscar esta sabiduría en ningún sitio remoto, sino dentro de nosotros mismos, bajo nuestros pies, por así decirlo. Reside en el microcosmos viviente que hay en nosotros, e irrumpe en profusión ilimitada, cuando nos consagramos a realizar acciones valerosas y misericordiosas en bien de la humanidad, de la sociedad y del futuro.


Mediante esta clase de "práctica de bodhisattva", desarrollamos la sabiduría necesaria para romper con los grilletes del ego; así pues, las esferas de nuestros conocimientos escindidos comienzan a orientarse con vibrante equilibrio hacia un próspero futuro humano. La segunda transformación a la que me quiero referir es el tránsito de la uniformidad a la diversidad.


Agradezco profundamente por esta oportunidad de debatir el tema aquí, en Hawai, este archipiélago de arco iris que es verdadero símbolo de la diversidad, justo cuando comenzamos este 1995, que las Naciones Unidas denominaron "Año Internacional de la Tolerancia".


Los ciudadanos de Hawai se encuentran en primera plana en lo que respecta a la labor para armonizar y construir la unión a partir de la diversidad; esta cuestión seguirá siendo de importancia vital a medida que transcurra el tiempo. Su esfuerzo pionero y valioso puede compararse, en mi opinión, con el árbol de ohia, el primero en extender sus raíces bajo el yermo y reciente suelo de lava, y en dar hermosos capullos carmesíes.


Tal como lo ejemplifica el tenor del desarrollo económico que aspira sólo a obtener el máximo beneficio, la civilización moderna tiende a eliminar las diferencias en aras de la ganancia, a subordinar tanto la diversidad natural como la humana tras la búsqueda de objetivos monolíticos.


El resultado de este proceso es la aciaga problemática mundial que hoy tenemos por delante y de la cual la destrucción ambiental es apenas una parte. Es fundamental que sigamos una senda de desarrollo humano sustentable, basado en un profundo sentido de la solidaridad con las generaciones futuras.


En tal sentido, apreciar de un nuevo modo la diversidad humana, social y natural es una reacción inevitable a la crisis actual.


Recuerdo la sabiduría de Rachel Carson, bióloga marina y pionera del movimiento "ambientalista". En 1963, un año antes de morir, manifestó con estas palabras su punto de vista:



En este momento, creo de veras que los habitantes de esta generación debemos aprender a convivir en buenos términos con la naturaleza; siento que, hoy como nunca, los hombres nos encontramos ante un desafío para demostrar hasta qué punto hemos adquirido madurez y dominio, no sobre la naturaleza, sino sobre nosotros mismos.(9)



Estoy convencido de que el interés creciente sobre la Cuenca del Pacífico se relaciona en gran medida con la esperanza de que este "mar experimental", caracterizado por semejante diversidad étnica, cultural e idiomática, desempeñe un papel primordial en la unión de la familia humana. Hawai es el punto de convergencia del Pacífico; posee una rica historia de convivencia pacífica, en la medida en que aceptó las contribuciones de numerosas culturas y alentó la afirmación recíproca de valores diferentes. Por eso siento la certeza de que Hawai seguirá siendo un modelo precursor para que surja una civilización "panpacífica".


La sabiduría del Budismo también puede aportar considerable esclarecimiento sobre la cuestión de la diversidad. Ya que uno de los principios centrales del Budismo es que hay que buscar el valor universal dentro de la vida del individuo, esta filosofía obra, fundamentalmente, para contrarrestar cualquier intento de imponer uniformidad o "estandarización" por la fuerza. En las enseñanzas de Nichiren hallamos el siguiente fragmento: "El cerezo, el ciruelo, el melocotonero y el albaricoquero [...] sin experimentar ningún cambio [...]".(10) Dicho pasaje confirma que no hay ninguna necesidad de que todos tengamos que ser "cerezos" o "ciruelos", sino que, por el contrario, cada uno tiene que manifestar el brillo único de su propia individualidad.


Esta analogía apunta a un principio básico de valorar lo diverso, que se aplica por igual tanto a los seres humanos como a los ámbitos naturales o sociales. Tal como lo indica el concepto de "revelar nuestra naturaleza intrínseca" (en japonés, jitai kensho), la misión primordial del Budismo es permitir que cada persona florezca con la expresión plena de su potencial. Sin embargo, el individuo no puede realizarse a expensas de los demás o en conflicto con la realidad circundante, sino sólo mediante la valoración activa de la diferencia y de la singularidad, pues el florido jardín de la vida se compone, justamente, de los matices variados.


Las enseñanzas de Nichiren también contienen la siguiente parábola: "Cuando uno se inclina respetuosamente ante un espejo, la imagen reflejada también lo reverencia a uno".(11)


Creo que esto expresa con bella elocuencia la causalidad que todo lo abarca y que constituye la médula del Budismo. El respeto que sentimos por la vida ajena vuelve a nosotros, con la certeza propia de un espejo, para ennoblecer nuestra vida.


El principio budista del origen dependiente (en japonés engi(12) refleja una cosmología en que todos los fenómenos naturales y humanos cobran vida dentro de una matriz de interrelaciones recíprocas. De tal suerte, se nos insta a respetar la singularidad de cada existencia, que sostiene y alimenta la totalidad dentro de un todo más grande y viviente.


Lo que distingue la visión budista de la interdependencia es que se basa en una comprensión directa e intuitiva de la vida cósmica inmanente en todos los fenómenos. Por ende, el Budismo rechaza en forma inequívoca toda violencia, como un ataque a la armonía subyacente que mantiene unida la trama del ser.


Las siguientes palabras del profesor Anthony Marsella, de la Universidad de Hawai, son excelente suma de la esencia que hay en el origen dependiente:



Pienso aceptar y adoptar la verdad axiomática de que la mismísima fuerza vital que hay en mí es la misma fuerza vital que mueve, impulsa y gobierna el universo. Y, por eso, debo aproximarme a la vida con un nuevo sentido del respeto y del asombro, admirado del misterio de esta gran verdad, pero al mismo tiempo exultante y confiado en sus consecuencias. ¡Estoy vivo! ¡Soy parte de la vida!(13)



Cuando nos centramos en las dimensiones más profundas y universales de la vida, podemos extenderle a la vida, en su infinita diversidad, una empatía natural. Pero lo que, en definitiva, hace posible la violencia es, justamente, la falta de empatía, tal como ha señalado ese gran pionero de los estudios por la paz, el profesor Johan Galtung.(14)


El profesor Galtung y yo estamos preparando la edición de un diálogo que hemos mantenido. Entre los temas que tratamos estuvieron la educación de los niños y jóvenes y también la necesidad de infundir un espíritu de compromiso positivo con aquellos que, por ser "otros" y por ser diferentes, podían aportar algo que nos enriqueciera.


Esta clase de "empatía abierta" nos permite ver la diversidad humana como un catalizador de la creatividad, como la base de una civilización signada por la inclusión y por la prosperidad mutua.


Quisiera notar, al pasar, que la tarea de la SGI para promover el intercambio cultural y la interacción en todo el mundo se apoya en esta convicción y en esta clase de determinación. La tercera transformación que quiero analizar es el tránsito de la soberanía nacional a la soberanía humana.


Innegablemente, los estados soberanos y las cuestiones de soberanía nacional han sido, en gran parte, actores protagonistas de las guerras y de la violencia que sufrió el siglo XX. Las guerras modernas, libradas como el ejercicio legítimo de la soberanía estatal, involucraron a pueblos enteros inútilmente y los sumieron en tragedias y sufrimientos inenarrables.


La Liga de las Naciones y, luego, las Naciones Unidas--cada una de ellas fundada en las postrimerías de conflictos mundiales--, fueron, en cierto sentido, intentos de crear un sistema transnacional que restringiera y atemperara los alcances de la soberanía de las naciones individuales. Sin embargo, cabe reconocer que este osado proyecto hoy sigue estando muy lejos de lograr las metas originalmente trazadas. Las Naciones Unidas se acercan a su quincuagésimo aniversario bajo el peso de difíciles y numerosos problemas.


Tengo la convicción de que, para convertirse en un auténtico "parlamento de la humanidad", las Naciones Unidas tienen que basarse en el denominado soft power(15) del consenso y del acuerdo logrado a partir del diálogo. Entiendo que la consecución de sus metas debe estar acompañada de un desplazamiento que aparte a la institución de los conceptos tradicionales y militarizados acerca de la seguridad. Es de esperar que, para brindar una sugerencia, mediante la creación de un nuevo consejo de seguridad sobre ambiente y desarrollo, la ONU se vea dotada de facultades que le permitan abordar los problemas acuciantes de la seguridad humana con renovadas energías y claridad.


En esta gestión, es fundamental que efectuemos un giro paradigmático desde la soberanía nacional hacia la soberanía de la humanidad. Esta idea se expresa cabalmente en las palabras "Nosotros, los pueblos...", con las cuales comienza la Carta de las Naciones Unidas. En concreto, tenemos que promover la educación en los niveles llanos de la población para forjar ciudadanos del mundo, dedicados al bienestar común del género humano, y a crear lazos de solidaridad entre ellos.


En nuestra condición de entidad no gubernamental, la Soka Gakkai Internacional está embarcada en desarrollar actividades eficaces en el orden mundial, centrada particularmente en los jóvenes, para informar y para crear conciencia pública sobre lo que significa ser un ciudadano del mundo. Creemos que el quincuagésimo aniversario de la ONU es una oportunidad única para llevar a cabo estas tareas.


Desde el punto de vista del Budismo, la transición de la soberanía nacional a la soberanía humana se reduce a la pregunta de cómo desarrollar los recursos de la personalidad, para atemperar y encauzar valientemente los poderes de la autoridad oficial, aparentemente descomunales.


En el curso de nuestros diálogos, mantenidos hace unas dos décadas, el historiador británico Arnold Toynbee definió el nacionalismo como una religión marcada por el culto al poder colectivo de las comunidades humanas. Siento que esta definición se aplica por igual tanto a los estados soberanos como a la clase de nacionalismo que, en sus manifestaciones más tribales, está fomentando en todo el mundo actual conflictos regionales y "subnacionales". Toynbee requería, además, que cualquier futura religión mundial fuese capaz de contrarrestar los nacionalismos fanáticos así como "los males que hoy amenazan gravemente a la supervivencia del hombre". En especial, no puedo olvidar las intensas expectativas que Toynbee manifestó con respecto al Budismo, al que definió como "un sistema universal de leyes de la vida".(16)


En verdad, el Budismo, a lo largo de su rica tradición, siempre ha trascendido y relativizado la autoridad secular a través de apelar y de apoyarse en la ley moral interior.


Por ejemplo, cuando un brahmán llamado Sela le pidió a Shakyamuni que fuese rey de reyes, autoridad de los hombres, el Buda repuso que él ya era un rey: el rey de la verdad suprema. Es igualmente impactante la epopeya vivida por Shakyamuni cuando detuvo los planes del estado imperial de Magadha, que se proponía exterminar a las repúblicas de Vajja. En presencia del ministro de Magadha, que había acudido con la ruda intención de informarle a Shakyamuni sobre la inminente invasión, Shakyamuni le hizo a su discípulo siete preguntas sobre los ciudadanos de Vajja. Aun ligeramente parafraseadas, he aquí sus preguntas:



  1. ¿Los pobladores de Vajja valoran el diálogo y el intercambio de ideas?
  2. ¿Valoran la solidaridad y la cooperación?
  3. ¿Valoran las leyes y las tradiciones?
  4. ¿Respetan a sus mayores?
  5. ¿Respetan a los niños y a las mujeres?
  6. ¿Respetan la religión y la espiritualidad?
  7. ¿Respetan a los hombres que atesoran la cultura y

el saber, sean de Vajja o no? ¿Son abiertos a


las influencias culturales del exterior?



La respuesta a todos estos interrogantes fue "sí". Entonces, Shakyamuni explicó al ministro de Magadha que, mientras los ciudadanos de Vajja siguieran observando esos principios, prosperarían y no sufrirían declinación. Así pues, explicó, sería imposible conquistarlos. Estos son los célebres "siete principios que impiden la declinación"--siete pautas rectoras según las cuales prosperan las comunidades--que Shakyamuni expuso durante sus últimas travesías.(17)


Es interesante notar el paralelo que hay con las gestiones contemporáneas para establecer seguridad, no a través del poderío militar, sino mediante la promoción de la democracia, el desarrollo social y los derechos humanos.


Este incidente es, también, un vivo retrato de la dignidad y la estatura de Shakyamuni como rey de la verdad suprema, en su trato con la autoridad secular.


Con este mismo espíritu, Nichiren redactó su célebre tratado "Rissho Ankoku Ron" en 1260, destinado a las autoridades más encumbradas del Japón de la época, donde las amonestaba por hacer "oídos sordos a los lamentos del pueblo".(18) Desde ese momento, la vida de Nichiren fue una sucesión de hostigamientos interminables, que a menudo pusieron en riesgo su vida. No obstante, él expresó así su sentido de la libertad interior: "Ya que he nacido en las tierras del soberano, debo seguirlo con mis actos. Pero no necesito seguirlo en las convicciones de mi corazón".(19)


En otra parte, escribe: "Oro, antes que nada, para poder guiar a la verdad al soberano y a aquellos que me han perseguido".(20)


Y, también, "Uno debería pensar que el hecho de enfrentar obstáculos es una auténtica paz y sosiego".(21)


Uno experimenta un indestructible estado de vida, de seguridad y de contento, cuando emprende la grandiosa lucha por confiar en la ley eterna e interior para poder alzarse por sobre el movimiento tumultuoso de la autoridad efímera, en busca de la no violencia y del humanismo.


Estoy convencido de que estas declaraciones de elevada dignidad humana resonarán poderosa y profundamente en el corazón de los ciudadanos del mundo, que crearán una civilización mundial en el siglo XXI.


Las tres transiciones a las que me he referido brevemente van juntas en el proceso de la revolución humana, de la reforma del yo interior, de su expansión y fusión con el "yo superior" de sabiduría, misericordia y coraje. Tengo la más firme certeza de que esta revolución esencial de la vida, aunque sea en un solo individuo, puede generar la clase de conciencia y de solidaridad capaces de liberar a los hombres de sus milenarios ciclos de violencia y de guerra.


Durante la Segunda Guerra Mundial, Tsunesaburo Makiguchi, fundador de la Soka Kyoiku Gakkai (Sociedad pedagógica para la creación de valores), vivió un duro enfrentamiento con las autoridades militar del Japón. Aun en la cárcel, y hasta que murió entre rejas a los setenta y tres años, buscó el debate asentado en principios; varios de quienes lo sentenciaron y encarcelaron llegaron a apreciar el Budismo e, inclusive, a abrazar la fe en esta filosofía.


Con el ideal de vivir a la altura de dicho legado espiritual, inicié mi propio diálogo con ciudadanos del mundo, aquí en Hawai, hace treinta y cinco años. Mi determinación es dedicar el resto de mi vida a la labor --que espero compartir con ustedes-- de promover la sabiduría manifiesta de la paz para crear una nueva era de esperanza y de seguridad en el siglo venidero.


Por último, quisiera citar las siguientes palabras del Mahatma Gandhi, cuya permanente devoción a los temas que hoy hemos tratado me inspira desde siempre el más profundo afecto y respeto.



Tienen que ponerse de pie contra todo el mundo, aunque al ponerse de pie se den cuenta de que están solos. Tienen que mirar al mundo de frente, en la cara, aunque cuando lo hagan se den cuenta de que el mundo los mira con ojos inyectados en sangre. No teman. Confíen en ese algo diminuto que habita en su corazón... (22)



Muchas gracias por su considerada atención.




Notas:


  1. Véase GALTUNG, Johan: Peace and Development in the Pacific Hemsiphere (Paz y desarrollo en el hemisferio del Pacífico), Instituto para la Paz, Universidad de Hawai, Honolulu, 1989.
  2. WATSON, Burton (trad.), The Lotus Sutra (El Sutra del Loto), Editorial de la Universidad de Columbia, Nueva York, 1993, pág. 69.
  3. WATSON, pág. 59.
  4. OKSENBERG, Michel, Diálogo personal del 9 de octubre de 1994.
  5. Sobre el logro de la Budeidad, Gosho Zenshu, pág. 383.
  6. Véase FAUSBOLL, V. (editor), The Jakata, vol. 5, Luzac and Company, Ltd., Londres, 1963, pág. 412.
  7. Véase "Attadanda Sutta" en The Sutta-Nipata, trad. al inglés por H. Saddhatissa, Curzon Press, 1987, Londres, pág. 109. Y, también, ANDERSEN, DINES y SMITH, Helmer: Sutta-Nipata, Routledge & Kegan Paul, Londres, pág. 182.
  8. "El rey Rinda", en Nichiren Daishonin Gosho Zenshu, edit. por HORI, Nichiko, pág. 1064.
  9. BROOKS, Paul: The House of Life: Rachel Carson at Work (La casa de la vida: Rachel Carson y su trabajo), Houghton Mifflin Company, Boston, 1972, pág. 319.
  10. "Ongi Kuden" (Registro de las enseñanzas transmitidas oralmente), en Nichiren Daishonin Gosho Zenshu, edit. por HORI, Nichiko, pág. 784.
  11. "Ongi Kuden", HORI (ed.), pág. 769.
  12. Véase "Ho to Engi" (El drama y el origen dependiente), en Works of Akira Hirakawa (Obras de Akira Hirakawa), vol. 1, Shunjusha, Tokio, 1988.
  13. MARSELLA, Anthony J.: "Five New Year’s Resolutions for the Promotion of Spiritual Perfection Through Humanistic Action" (Cinco determinaciones de Año Nuevo para promover el perfeccionamiento espiritual mediante la acción humanista), Seikyo Shimbun, 1º de enero de 1995.
  14. Véase GALTUNG, Johan: Bukkyo: chowa to heiwa wo motomete (El Budismo: La búsqueda de la unión y de la paz), Instituto de Filosofía Oriental, Tokio, 1990.
  15. En inglés, en el original.
  16. Escoge la vida: Arnold Toynbee y Daisaku Ikeda, Emecé editores, Buenos Aires, 1989, págs. 313-320.
  17. "Sela Sutta" en The Sutta-Nipata, trad. al inglés por H. Saddhatissa, Curzon Press, Londres, 1987, pág. 65. Y también "Maha Parinibbana Suttanta" en Dialogues of the Buda (Diálogos del Buda), parte II, trad. al inglés por T.W. y C.A.F. Rhys Davids, Henry Frowde, Londres, págs. 79-81.
  18. "Shugo Kokka Ron", HORI (editor), Gosho Zenshu, pág. 36.
  19. "Senji sho" (La selección del tiempo), Gosho Zenshu, pág. 287.
  20. "Kembutsu miraiki" (Sobre la profecía del Buda), Gosho Zenshu, pág. 509.
  21. "Ongi Kuden", HORI, (ed.), pág. 750.
  22. GANDHI, Mahatma: All Men Are Brothers (Todos los hombres son hermanos), edit. por Krishna Kripalani, Continuum, Nueva York, 1990, pág. 49.