Presidente de la SGI

Presidente de la SGI : 
Daisaku Ikeda

Daisaku Ikeda es un escritor prolífico, poeta y activista de la paz, reconocido como uno de los intérpretes más importantes del budismo, quien con su sabiduría influye en muchas de las cuestiones contemporáneas que enfrenta nuestra humanidad.


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En busca de la esperanza


Ensayo del presidente de la SGI, Daisaku Ikeda, en que sintetiza los temas esenciales de la propuesta de paz presentada el 26 de enero de 2003 bajo el título "Una ética global de coexistencia: Hacia un paradigma de ‘dimensión humana’ para nuestra época".


Hoy en día, los ciudadanos de todo el mundo les están exigiendo a sus líderes que tomen decisiones que promuevan la causa de la paz. Tras el fin de la Guerra Fría, se han sentido hondamente preocupados porque el mundo parece estar al borde de un nuevo y aún más nefasto "enfrentamiento" fundamentado en las diferencias culturales y religiosas.


Se sienten angustiados por el grotesco desequilibro que existe entre el poder que tenemos para la destrucción y nuestra decadente capacidad ética para la empatía y la mesura. Les agobia el absurdo espectáculo que supone ver volar proyectiles que valen millones de dólares, por sobre las cabezas de seres humanos que mantienen sus vidas con apenas uno o dos dólares por día. Sienten que un mundo con tales características se encuentra peligrosamente encaminado hacia la destrucción.


Pero yo creo firmemente que un choque de civilizaciones de esta envergadura no es inevitable. Es algo que puede y debe impedirse. En mi opinión, el ser humano posee incalculables recursos que no son aprovechados. Tal es el caso de su capacidad para hacer surgir una armonía creativa y dinámica a partir de la –a veces desconcertante– diversidad que hay en el mundo.


La clave para ello es conformar una nueva ética de coexistencia que promueva la valoración de nuestra interconexión, una toma de conciencia en cuanto a que lo que perjudica a un miembro de la familia humana nos afecta a todos. Esto, a su vez, nos insta a volver a centrarnos en los individuos, establecer un paradigma o enfoque "de dimensión humana".


Cuando las personas palpan la realidad que les toca vivir a los demás, surge en ellas, de un modo natural, sentimientos de familiaridad y empatía. Ésta es la razón por cual la guerra y la violencia siempre comienzan con intentos por deshumanizar al "enemigo". También por esto, los medios de comunicación —en todos los países— se esmeran por mostrar con lujo de detalles el sufrimiento de lo que consideran "nosotros", al tiempo que minimizan o ignoran la miseria infligida a esa masa anónima que consideran "los demás".


Si con nuestra imaginación viajáramos a las tierras enemigas, y siguiéramos con nuestra mente la vida de quienes viven al otro lado de las pantallas de la televisión, nos encontraríamos con personas que no son diferentes a nosotros. Como nosotros, buscan los placeres comunes de la amistad y el amor, celebran el enérgico desarrollo de sus hijos, oran para que sus padres puedan disfrutar de seguridad y buena salud.


Ésta es la realidad, la trama de la vida cotidiana que es destruida por la guerra, el terrorismo y todas las formas de violencia, y que sólo dejan atrás una miseria gris. Porque, al fin y al cabo, de lo que estamos hablando es de la muerte violenta de seres queridos. Detrás de esas imágenes que parecen sacadas de los juegos informáticos, hay seres humanos de carne y hueso, tal como nosotros —el hijo o la hija de alguien, el mejor amigo o un ser querido de alguien. Los edificios pueden ser reconstruidos, pero las heridas y las cicatrices que producen la guerra jamás se curan en verdad.


El liderazgo genuino en el siglo 21, debe estar fundamentado en un compromiso sólido de proteger la preciada trama de la vida cotidiana. Los ciudadanos comunes del mundo están alzando sus voces para implorar que todas las decisiones —sean éstas políticas, militares o económicas— se tomen teniendo firmemente en cuenta las realidades del ser humano. Cuando la felicidad del ser humano se convierte en una causa compartida por todos, se establecen las bases más sólidas para la solidaridad. En un mundo de estrecha interconexión, la solidaridad no puede estar limitada sólo a un grupo o a una nación. Debe abrazar a todas las personas, estén donde estén.


Yo estoy convencido de que esto no es idealismo vacío. No creo que las diferencias reales de cultura y perspectiva mundial nos separen en forma definitiva.


Un paradigma "de dimensión humana" posee, al mismo tiempo, una perspectiva cósmica. Cuando verdaderamente nos centramos en los seres humanos, podemos ver que cada persona manifiesta aspectos únicos de un universo de posibilidades humanas, y que lo hace de un modo que es incalculablemente valioso e irremplazable. Lo mismo puede decirse de cada cultura o tradición. Cada una es una deslumbrante "ola" que se agita en las profundidades oceánicas de nuestra humanidad compartida.


La paz no llegará de una espera pasiva. Se debe trabajar por ella, con esfuerzos enérgicos y concentrados. El "arma" más poderosa de quienes han de crear la paz es el diálogo, el rehusarse a abandonar la capacidad del lenguaje, que es lo que nos hace humanos. El diálogo y la comunicación —cualquiera sea el resultado inmediato— constituyen, en sí, un acto de fe en nuestra condición de seres humanos. Y es para fortalecer y reafirmar esta fe por lo que debemos trabajar sin descanso. La lucha por comprender y ser comprendidos requiere que cada uno de nosotros regrese a las fuentes más profundas del humanismo, más allá de las diferencias históricas, culturales o de credo.


Porque es justamente allí —y en las tácitas aspiraciones del diario vivir— donde encontraremos las respuestas a los enormes desafíos que estamos confrontando.