Presidente de la SGI

Presidente de la SGI : 
Daisaku Ikeda

Daisaku Ikeda es un escritor prolífico, poeta y activista de la paz, reconocido como uno de los intérpretes más importantes del budismo, quien con su sabiduría influye en muchas de las cuestiones contemporáneas que enfrenta nuestra humanidad.


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El difícil nacimiento de la democracia


Editorial de opinión. Escrito por el presidente de la SGI, Daisaku Ikeda, y publicado por el diario The Japan Times el 22 de octubre de 2005.


La democratización de más de un tercio de los países del mundo durante la segunda mitad del siglo XX fue un logro notable e inspirador. A inicios del siglo XXI, sin embargo, las dificultades que la exportación de la democracia ha llevado consigo, se ha puesto claramente en evidencia.


Este mes hace sesenta años que las autoridades de la ocupación estadounidense bajo la dirección del general Douglas MacArthur, emitieron una orden que demostró ser crucial para la democracia en el Japón. Como persona que vivió a lo largo del período de transición posterior al totalitarismo, siempre estoy muy atento a la necesidad de jamás dar por sentadas las libertades básicas de pensamiento, expresión y credo que nos aporta la democracia.


Yo tenía diecisiete años en octubre de 1945. Las cicatrices de la guerra podían verse por todas partes. El caos penetraba todos los aspectos de la vida. Aunque les presté poca atención en el momento, los eventos de ese mes llegarían a señalar grandes cambios en mi vida y en las vidas de millones de personas. Todo lo que ocurrió nos llevó a nuevas formas de pensar y actuar que, en las décadas subsiguientes, le fueron dando forma a nuestra sociedad.


Las fuerzas de ocupación dirigidas por MacArthur ordenaron al gobierno que revocara todas las leyes que restringiesen la libertad de pensamiento, religión, reunión y discurso, o que "operaran de un modo desigual a favor o en contra de cualquier persona, por razones de raza, nacionalidad, credo o posición política". Josei Toda, quien después pasó a ser mi mentor en la vida, pronto pudo percatarse plenamente del profundo significado de esta orden. En 1930, junto con el educador y filósofo Tsunesaburo Makiguchi, Toda había fundado una asociación de educadores orientada a una reforma del sistema educativo nacionalista japonés.


Yo fui uno de los que vivió en carne propia el adoctrinamiento de este sistema. Su atropellante meta era inculcar una lealtad ciega y sin reflexiones. Como todos los estudiantes jóvenes, teníamos que recitar el Manifiesto Imperial sobre la Educación que leía en parte: "Si la guerra ocurre, sacrifiquen todo desinteresadamente". Con ello estábamos prometiendo que nos ofreceríamos valientemente al estado. Después tuve que interrumpir mis estudios, y trabajar en una fábrica de municiones en la que se hacían los torpedos suicidas. La fábrica era sede de una escuela mediocre. El entrenamiento militar obligatorio era parte del plan de estudios.


El militarismo japonés consideraba herético lo que Toda y Makiguchi proponían, es decir, que la vida de cada niño era infinitamente valiosa y que la felicidad de los niños debía ser la verdadera meta de educación. Toda y Makiguchi no sólo criticaban el sistema educativo, sino también los ritos del sintoísmo estatal que instaban a adorar al emperador como a un "dios viviente", justificando con ello las agresivas guerras japonesas. Esto atrajo la atención de la temible Policía Especial Superior, y Toda y Makiguchi fueron arrestados como "delincuentes ideológicos" bajo el Acto de Preservación de la Paz utilizado para suprimir cualquier posición crítica al gobierno.


Makiguchi tenía 72 años de edad para el momento de su arresto, y murió en prisión, después de haberse negado a retractarse de sus creencias y tras haber continuado afirmando la primacía de derechos humanos individuales hasta el fin. Josei Toda, asolado por una severa desnutrición y por los malos tratos, fue liberado provisoriamente sólo semanas antes del fin de la guerra.


Para Toda, quien logró salir vivo de la cárcel, la orden del 4 de octubre y su implementación el 11 de octubre fueron eventos de enorme importancia. De un solo golpe, quedaron abolidas no sólo la ley bajo la que le fueron levantados los cargos, sino también la Policía Especial Superior. Encontrándose ya fuera del limbo en el que estaba debido al carácter provisorio de su liberación y por haber estado en espera de juicio, Toda comenzó a caminar bajo la plena luz del sol de la libertad. Aún así, vio un significado incluso mayor en esta orden. Por primera vez, los japoneses gozarían de los derechos esenciales de los ciudadanos libres, derechos que conforman la base misma de la democracia.


Habiendo soportado la persecución bajo un sistema que le concedió estatus preferencial a una religión, que era enseñada en las escuelas y que había sido convertida en herramienta de coerción estatal, Toda recibió con agrado el nuevo clima en el que las personas eran libres de seguir su propia conciencia en materia de fe y de expresión individual. Fue así como se consagró a construir los cimientos de la asociación budista Soka Gakkai, mientras su país experimentaba el surgimiento de gran cantidad de nuevos movimientos políticos, religiosos y civiles.


Los procesos de democratización son largos y arduos y en muchos sentidos, la democracia japonesa sigue siendo inmadura. Pero yo pienso que nosotros debemos recordar que la democracia, en todas partes, es por naturaleza incompleta, que siempre es un trabajo en proceso. El gran filósofo estadounidense John Dewey solía advertir que los medios de la democracia, sus formas y sus procedimientos, no debían confundirse con su fin, el cual es llegar a una ciudadanía autónoma que realmente desarrolle sus capacidades. En su mensaje, Dewey nos insta a asumir el desafío de reinventar la democracia con cada nueva generación. Según él, la educación es parte vital de este proceso.


Una educación en la que la generación en desarrollo es forjada y formada, puede –como fue el caso del Japón de tiempos de guerra– infundir una ideología violenta y racista. También puede hacer que las personas abran su horizonte hacia una captación totalmente humanística de la dignidad inherente de todas las personas, sean de donde sean, sentando así las bases para la democracia y la paz. Este tipo de educación nos hace verdaderamente libres.


Daisaku Ikeda