Presidente de la SGI

Presidente de la SGI : 
Daisaku Ikeda

Daisaku Ikeda es un escritor prolífico, poeta y activista de la paz, reconocido como uno de los intérpretes más importantes del budismo, quien con su sabiduría influye en muchas de las cuestiones contemporáneas que enfrenta nuestra humanidad.


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El desafío de la construcción de la paz


Editorial de opinión, escrito por el presidente de la SGI, Daisaku Ikeda. Publicado en el diario The Japan Times en el segundo aniversario de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 en los Estados Unidos. Sugerencias prácticas para la construcción de la paz.


"En la cima de la pirámide de lo que llamamos civilización todavía se encuentra el terrible hecho de la guerra. Nosotros no podremos llamarnos personas totalmente civilizadas mientras exista la posibilidad de una guerra y, de hecho, se dé por sentada". Éstas son las sentidas palabras de John Kenneth Galbraith, un hombre que vivió en carne propia la guerra y la violencia del siglo XX.


El profesor Galbraith y yo hemos emprendido un diálogo que está en proceso en el que hemos realizado un franco intercambio de puntos de vista sobre los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. Directa o indirectamente, a todos nos ha afectado este horrendo crimen y sus consecuencias. Una de las víctimas era un destacado egresado la Universidad Soka a quien conocí personalmente.


Por profunda que sea nuestra indignación, no debemos permitir que las llamas de odio y la ira lleven a nuestro mundo hacia una mayor división y hacia la destrucción. Es crucial mantener una perspectiva de visión hacia el futuro, y trabajar para construir un mañana de paz y de coexistencia armoniosa.


Lo que pienso, en concreto, es que hay dos maneras positivas en las que podemos encarar los desafíos de la nueva era.


La primera es fortalecer la efectividad de las leyes internacionales, centrándolas alrededor de los procesos multilaterales de las Naciones Unidas. En el largo plazo, una mayor fe en la justicia y la eficacia del sistema legal internacional ayudará contener y desactivar los conflictos de los que se alimenta el terror. El segundo elemento es el esfuerzo para que haya cambios en la comprensión de las personas, con el fin de ayudar a forjar vínculos de corazón a corazón que trasciendan los límites nacionales y las diferencias étnicas y culturales. Esto implica esfuerzos sostenidos en el ámbito comunitario con miras al diálogo y a la educación por la paz.


Con respecto al primer enfoque, debemos antes que nada reconocer la realidad de que las llamadas respuestas de poder duro a los conflictos –las respuestas de la fuerza militar– producen "soluciones" que son, en el mejor de los casos, temporarias. Debido a que tales respuestas causan, inevitablemente, derramamiento de sangre y sufrimiento –incluso a civiles inocentes– éstas siembran, invariablemente, las semillas de la violencia posterior. Por el contrario, un sistema de leyes internacionales cuya efectividad e imparcialidad sean de amplia aceptación, podrá resolver los conflictos de un modo que no sólo liberará a las personas de los ciclos del odio sino que también los romperá.


Como un paso hacia esta meta, durante largo tiempo he expresado mi apoyo al establecimiento de una Corte Penal Internacional (CPI) que juzgue a los perpetradores de graves delitos contra la humanidad.


Aunque esta CPI comenzó a funcionar este año, sigue siendo débil por causa del poco número de ratificaciones, particularmente por parte de los más importantes poderes. Japón jugó un papel constructivo en el bosquejo del tratado y debe firmarlo y ratificarlo con premura. Yo siento que Japón debería entonces trabajar para construir un acuerdo internacional general que logre hacer que los únicos medios aceptables para resolver los conflictos sean los establecidos por las leyes.


El trabajo de fortalecer los sistemas de paz debe apoyarse en esfuerzos equivalentes que generen cambios positivos en el modo de pensar de las personas. El diálogo y la educación para la paz pueden ayudar a liberar nuestros corazones del impulso hacia la intolerancia y el rechazo a los demás. Las personas necesitan tomar conciencia de una realidad muy simple: nosotros no podemos evitar el tener que compartir este planeta con todos nuestros "compañeros de viaje", con quienes vamos a bordo de esta pequeña esfera azul que flota en las inmensas extensiones del cosmos.


Las generaciones más jóvenes son las que sostienen la llave para la creación de la paz. Nadie nace odiando a los demás. Los prejuicios y la discriminación se aprenden durante el proceso de crecimiento que lleva a la madurez, en la medida en que a los jóvenes se les va inculcando el miedo y el odio "hacia el otro." Esto lo sé por experiencia, por haber pasado mi juventud rodeado de las presiones oscuras y violentas de una sociedad dominada por el militarismo.


Todos podemos comprometernos con la educación por la paz. Eso puede ser algo tan simple como tomarse el tiempo para hablar con los niños y los jóvenes que nos rodean –en nuestras casas y comunidades– sobre la dignidad de vida y la igualdad de las personas. No debemos subestimar el impacto de este tipo de esfuerzos, por pequeños que parezcan.


Éste ha sido el espíritu que ha habido tras el programa "Victoria sobre la violencia", que nació por iniciativa de los miembros jóvenes de la Soka Gakkai Internacional de los Estados Unidos. Mediante reuniones y grupos de diálogo, estos jóvenes han extendido la mano a sus pares con el mensaje de que hay soluciones no-violentas a los inevitables conflictos de vida, y que los resultados son alentadoramente exitosos.


A partir del 11 de septiembre, es mucho lo que se ha hecho con respecto al papel que juegan las creencias religiosas dentro del terrorismo. Pero el problema real está en que la ideología del exclusionismo y las acciones fanáticas se cubren en el idioma y en los símbolos de las religiones. Si no nos percatamos de esto, y miramos con recelo a los practicantes de determinada fe religiosa, sólo lograremos ahondar la desconfianza y agravar las tensiones. No hace falta decir que cualquier religión que justifique el terrorismo o la guerra ha destruido la base espiritual para su propia existencia.


Yo creo firmemente que la misión de religión en el siglo XXI debe ser contribuir concretamente a la coexistencia pacífica de la humanidad. La fe religiosa puede hacer esto forjando una conciencia verdaderamente global y restaurando lo que une a los corazones humanos. Pero es sólo mediante el diálogo que se puede hacer concretar esta potencialidad. En un intercambio que tuve con el académico iraní, estudioso de la paz, Majid Tehranian, él expresó esto en los términos más severos: "Sin el diálogo, tendremos que caminar en la oscuridad que nos viene de creernos dueños de la razón".


Ha llegado el momento para mirar más allá de cuestiones tales como "amigo o enemigo" y aprender a hablar desde lo que tenemos en común –que todos somos seres humanos.


Es desde esta perspectiva que los miembros del SGI en todo el mundo han ofrecido su apoyo al bosquejo y promoción de la Carta de la Tierra, un documento que busca generar "una visión compartida de valores básicos que permitan mantener un fundamento ético para la comunidad mundial emergente". La redacción de la Carta hace uso de sabiduría y virtudes tales como una profunda reverencia por la vida, que han sido abrazadas por diversas tradiciones culturales y religiones del mundo.


El budismo recalca que dado que la guerra y violencia son, en fin de cuentas, productos del corazón humano, es también el corazón humano el que puede desarrollar la paz y la solidaridad. Dos años han pasado desde el 11 de septiembre, y esta terrible tragedia ha dado rienda suelta a fuerzas que continúan lanzando su sombra por sobre nuestras vidas. Pero es mi firme creencia que la sabiduría para transformar esta tragedia y crear un futuro nuevo, un futuro positivo para la humanidad, se encontrará dentro del espíritu humano. Esta confianza seguirá dirigiendo mis esfuerzos para trabajar por la paz.


Daisaku Ikeda