Presidente de la SGI :
Daisaku Ikeda
Daisaku Ikeda es un escritor prolífico, poeta y activista de la paz, reconocido como uno de los intérpretes más importantes del budismo, quien con su sabiduría influye en muchas de las cuestiones contemporáneas que enfrenta nuestra humanidad.
Tras el terrible impacto producido por los trágicos sucesos del 11 de septiembre de 2001, extiendo mis profundas condolencias a todos los afectados. Desde el fondo de mi corazón, oro por las víctimas, y para que sus familias puedan extraer fortaleza interior, consuelo y, con el tiempo, una felicidad renovada.
Es imposible no sentirse indignados por la inútil pérdida de tantas vidas. Y sin embargo, no es la cantidad de fallecidos lo que hace que esta tragedia sea tan horrorosa. Cada persona que se fue era irremplazable e inmensamente preciada: una hermana, un padre, un hijo, una madre o un amigo. La vida de cada persona contenía posibilidades infinitas que esperaban concretarse. De la peor manera imaginable, nos han recordado el inmenso valor que tiene la vida humana.
En todas sus enseñanzas, el budismo recalca cuán digna y preciada es la vida. Una escritura afirma: “Un solo día de vida vale más que todos los tesoros del universo”. El terrorismo, que con tanta crueldad le arrebata la vida a las personas, jamás debe perdonarse ni justificarse, por ninguna razón. Es un mal absoluto. Y cuando esos actos se cometen en nombre de la religión, demuestra la total ruina espiritual de los perpetradores.
Como seres humanos que compartimos un mismo hogar, hemos quedado impactados por esta terrible acción. En palabras del doctor Martin Luther King (h), “La injusticia en cualquier parte es una amenaza a la justicia”. Debemos unirnos trascendiendo las diferencias de nacionalidad y credo para crear un mundo libre de injusticias, violencia y terrorismo.
Si bien es sumamente importante que se realicen todos los esfuerzos posibles para identificar a los responsables de este acto tan atroz, y para que llevar a los involucrados ante a la justicia, la cooperación internacional contra el terrorismo no se debe limitar al corto plazo. En un nivel más profundo, se requiere una aguda reevaluación de la naturaleza de la civilización. Durante gran parte de la historia, la humanidad ha quedado atrapada en los círculos viciosos del odio y la venganza. Debemos redoblar nuestros esfuerzos para romper con este ciclo y transformar la desconfianza en confianza. Creo que éste es el antídoto más eficaz y fundamental contra el terrorismo y su repugnante veneración a la violencia.
La función del mal es dividir, alienar a las personas y separar un país de otro. El universo, este mundo y nuestra propia vida son el escenario de una incesante lucha entre el odio y el amor compasivo, entre los aspectos destructivos y constructivos de la vida. Jamás debemos cejar, tenemos que enfrentar el mal en cada situación.
Este ataque fue la suprema manifestación del mal y nos muestra las profundidades más viles en las que puede hundirse la naturaleza humana.
En última instancia, el mal sobre el cual debemos triunfar es el impulso hacia el odio y la destrucción que reside dentro de todos nosotros.
Jamás nos libraremos de los conflictos y de la guerra, a menos que logremos una transformación fundamental dentro de nuestra propia vida, para que podamos percibir la estrecha conexión que tenemos con todos los seres humanos y sentir sus sufrimientos como si fueran propios. En este sentido, siento que el enfoque del “hard power” (poder duro), que tiene como base el poder militar, no conducirá a una resolución fundamental y a largo plazo.
Creo que el diálogo es la clave para cualquier solución duradera. Ahora más que nunca, debemos extender nuestros esfuerzos para comprendernos mutuamente y emprender un diálogo genuino. Las palabras que surgen del corazón tienen el poder de cambiar la vida de las personas. Pueden incluso derretir las heladas paredes de la desconfianza que separan a los pueblos y a las naciones. Debemos ampliar nuestros esfuerzos para promover el diálogo entre civilizaciones.
Estoy totalmente convencido de que no nacimos en este mundo para odiarnos y destruirnos los unos a los otros. Debemos restaurar y renovar nuestra fe en la humanidad. Jamás debemos perder de vista el hecho de que aún podemos hacer que el siglo XXI sea una era libre de las llamas de la guerra y la violencia, una era en la cual todas las personas puedan vivir en paz. Para ello, debemos esforzarnos para que el espíritu que prevalezca en nuestra época y en nuestro planeta sea el de una profunda reverencia a la vida. Tengo la convicción de que ésta es la mejor manera y la más perdurable de honrar la memoria de las víctimas de esta enorme tragedia.
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