Presidente de la SGI

Presidente de la SGI : 
Daisaku Ikeda

Daisaku Ikeda es un escritor prolífico, poeta y activista de la paz, reconocido como uno de los intérpretes más importantes del budismo, quien con su sabiduría influye en muchas de las cuestiones contemporáneas que enfrenta nuestra humanidad.


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El poder de la empatía



Artículo del Presidente de la SGI, Ikeda, publicado en The Japan Times, 9 de agosto de 2005

Agosto es una época en la que pareciera que los temas de la guerra y la paz pendieran en el pesado aire estival, como el febril cantar de las cigarras. Este año, en particular, marca el 60º aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial, que finalmente llegó a su término con la rendición del Japón el 15 de agosto de 1945.


¿Qué aprendió la humanidad de los catastróficos eventos de esos años y de las décadas posteriores? La continua realidad de la guerra, la matanza de humanos cuidadosamente planeada por sus congéneres, tienta a responder: muy poco. Ahora, como entonces, son las personas comunes –especialmente las madres y los hijos, quienes no son culpables de crimen alguno– las más afectadas por los atroces sufrimientos físicos y mentales causados por la guerra.


Muchos de los jóvenes de mi generación fueron incitados por el gobierno militarista a marchar orgullosamente a la batalla y dar sus vidas. Las familias que quedaban eran alabadas por su sacrificio para proteger el frente del hogar y como "madres militares" –término que se suponía portador un elevado honor. Pero, en realidad, ¡qué devastador revuelo de dolor, penar y miseria se arremolinaba en lo profundo de sus corazones! El amor de una madre, la sabiduría de una madre, es demasiado grande para ser engañado por frases vacías tales como "por la causa de la nación".


Aún mantengo vivo en los recuerdos un incidente de ese entonces. Ocurrió temprano en una mañana de la primavera de 1945, después de una noche de desvelos ocasionados por la necesidad de cubrirnos de las incursiones aéreas que, en esos momentos, eran lo cotidiano.


Al amanecer, unos cien aviones B-29 pasaron volando con dirección al horizonte oriental. Aunque eran aviones del enemigo, se veían magníficos, y yo los observé hasta que apenas se veían como pequeños puntos en el cielo.


Justo en ese momento alguien gritó: "¡Eh! ¿Qué es eso?" Algo estaba cayendo del cielo. Era un paracaídas. Un avión debió haber sido impactado y, entonces, el soldado enemigo estaba descendiendo hacia nosotros. El soldado aterrizó en un campo a unos 200 ó 300 metros. De lo que escuché después, tan pronto como aterrizó, un grupo de personas corrió hacia él y comenzó a golpearlo con palos. Alguien también levantó una espada japonesa, amenazando con matarlo. Golpeado casi hasta perder el sentido, finalmente fue conducido por la policía militar, con los brazos atados a su espalda y los ojos vendados.


Cuando regresé y le conté a mi madre lo que había ocurrido, ella dijo: "¡Qué espantoso! Su madre debe estar muy preocupada por él".


Mi madre era una mujer común, en muchos aspectos era el producto de la época en la que nació y creció. Pero viendo retrospectivamente, me siento conmovido por su capacidad, como madre, para identificarse con los sufrimientos de otra madre como ella –una madre "enemiga" separada por miles de kilómetros de distancia física y por los elevados muros de la ideología política.


Las mujeres son, desde mi punto de vista, pacificadoras naturales. Como dadoras y alimentadoras de vida, a través de su enfoque de las relaciones humanas y su compromiso con el exigente trabajo de criar a los hijos y proteger la vida familiar, ellas desarrollan un profundo sentido de empatía que se abre camino por las realidades humanas subyacentes.


Cuando la guerra llegó a su fin, el 15 de agosto, había un sentimiento general de que finalmente había ocurrido lo inevitable, que una derrota –claramente ineludible– finalmente estaba allí. También había una sensación de alivio general, aunque en buena parte no se tradujera en palabras. Nadie en ese entonces podía salir y decir, "Me alegra que el Japón haya perdido", pero ese era, estoy seguro, el sentimiento en muchos corazones.


Mi madre había expresado con frecuencia su disgusto por la guerra, su deseo de que terminara pronto. Recuerdo su diminuta figura mientras preparaba la cena esa noche, con una excitación casi infantil: "¡Qué claridad! ¡Ahora podemos mantener encendidas las luces!".


Su mayor deseo era el retorno a salvo de sus cuatro hijos, mis cuatro hermanos mayores, todos enviados al frente de guerra en la China y en el Sudeste Asiático. En el transcurso de los dos años siguientes mis hermanos retornaron a casa, uno a uno. Con sus uniformes hechos jirones, mostraban un aspecto patético. Todos retornaron, excepto mi hermano mayor, Kiichi. No habíamos tenido noticias de él desde que partió desde la China hacia el Sudeste Asiático.


De tiempo en tiempo, mi madre nos decía que había visto a Kiichi en un sueño, y que él le había dicho que pronto estaría de regreso.


Finalmente, el 30 de mayo de 1947, recibimos la noticia de la muerte de Kiichi en una carta que nos entregó un anciano oficial de la localidad. Nos habíamos mudado cuando se incendió nuestra casa y, aparentemente, había sido difícil dar con nuestro paradero. Mi madre se inclinó cortésmente y aceptó la carta. Ella nos dio la espalda, estremecida de dolor. Uno de mis otros hermanos fue a recoger los restos cremados de Kiichi. Yo no pude soportar ver a mi madre cuando abrazaba la pequeña caja blanca que contenía todo lo que quedaba de su hijo mayor. Sentí, en las profundidades de mi ser, la tragedia y el cruel desperdicio de la guerra.


Seguramente ninguna era puede competir con el siglo XX en términos de la cantidad de madres en todo el mundo que fueron forzadas a derramar amargas lágrimas de dolor y pesar. Las mujeres y las madres son las principales víctimas de la guerra –guerras iniciadas, virtualmente sin excepción, por hombres.


Para terminar la institución humana de la guerra, para relegarla en la historia junto a otras prácticas de barbarie tales como la esclavitud –la cual en su momento también fue considerada "parte natural e inevitable de la naturaleza humana"– debemos establecer, como esencia de nuestra era, el respeto por la inviolable dignidad de la vida humana. En lugar de apartarnos del asombroso alcance y la profunda miseria que causa la guerra, debemos luchar por desarrollar nuestra capacidad para identificarnos con el sufrimiento de los demás y hacerlo nuestro.


A todos y cada uno de los seres comunes nos corresponde expresar nuestro rechazo a la violencia y la guerra. Los hombres y las mujeres que conocemos la brutal realidad de la guerra, que sabemos que ésta despoja a las personas de su condición misma de seres humanos, debemos unirnos en una nueva sociedad global por la paz. Las mujeres son poderosas protagonistas en este esfuerzo. Sus voces, inquietudes, sabiduría y perspicacia deben ser puestas en primer plano en todas las esferas de la sociedad.


Extendiendo y profundizando la solidaridad que crece a partir de un reconocimiento empático de que todos somos, por igual, seres humanos –el deseo universal por protegernos y proteger de cualquier daño a quienes amamos– creo que podremos hacer del siglo XXI un siglo de la vida. En una era como esa, finalmente serán respondidas las oraciones por la paz de todas las madres –el ferviente anhelo de toda la humanidad.