Presidente de la SGI :
Daisaku Ikeda
Daisaku Ikeda es un escritor prolífico, poeta y activista de la paz, reconocido como uno de los intérpretes más importantes del budismo, quien con su sabiduría influye en muchas de las cuestiones contemporáneas que enfrenta nuestra humanidad.
La risa alegre y animada de los niños es la verdadera medida de la salud de una sociedad. Hace diez años, estaba yo en San José, Costa Rica, en la ceremonia de apertura de una exposición sobre la realidad y la amenaza de las armas nucleares. Incluso cuando los participantes comenzaron a entonar solemnemente el himno nacional, a través de la pared que separaba el lugar del Museo de los Niños que se encontraba justo al lado, se colaba el sonido de las voces libres y fuertes de los estudiantes de escuela primaria que esperaban por la apertura de la exposición. Durante el curso de la ceremonia, el ruido generado por los niños opacaba en ocasiones los discursos de los invitados especiales.
Los participantes en la ceremonia intercambiaban sonrisas. Parecía que las vibrantes y alegres voces de los niños eran el símbolo y la personificación de la paz. Sus voces expresaban un sentimiento de esperanza capaz de vencer hasta a las amenazas creadas por las armas nucleares.
Como adultos, es nuestra responsabilidad asegurar que estas voces puras resuenen fuertemente en la sociedad. Y sin embargo, en los años recientes, es difícil que transcurra un día en el Japón sin que nos lleguen noticias sobre preocupantes y trágicos incidentes relacionados con niños. Resulta extremadamente doloroso saber de niños y jóvenes que terminan convirtiéndose en víctimas, o que se ven envueltos en delitos violentos.
La vida de los niños es un espejo de la sociedad. Estos incidentes reflejan una patología de fondo que justifica la indiferencia hacia los demás, la ligereza con que se ignora su sufrimiento.
Me preocupa profundamente que al ofrecerles a los jóvenes el solo ejemplo de un estilo de vida en el que abundan el descuido y la brutalidad, estemos apagando en sus corazones la luz de la esperanza. Los corazones vacíos de los niños se sienten desolados. Esto hace que se vuelvan incluso más vulnerables a los sistemas de valores distorsionados que –por la sola y arbitraria medida de la riqueza– separan fríamente a los "ganadores" de los "perdedores" en la sociedad.
Es necesario que iniciemos un replanteamiento serio y ético de lo que significa triunfar en la vida, y de lo que sería una sociedad genuinamente próspera.
Los miembros de mi generación también experimentamos el dolor de encontrar que los valores que la sociedad nos ofrecía, carecían de sustancia y significado.
Yo tenía 17 años cuando terminó la Segunda Guerra Mundial. Había una tormentosa especie de vacío espiritual entre los jóvenes. No sólo había sido reducido a cenizas el paisaje físico. El absurdo sistema de valores que nos habían inculcado durante los años de la guerra sucumbió vuelto pedazos, quedando demostrada su fraudulencia.
Era natural que muchos jóvenes cayeran en un estado de desesperado escepticismo, convencidos de que no había nada en lo que se pudiera creer. Como ellos, yo encontraba imposible confiar en los intelectuales y políticos que, tras haber alzado sus voces en alabanza a los actos de la guerra y tras haber conducido a los jóvenes a la muerte, de la noche a la mañana se estaban convirtiendo en apóstoles de la paz y la democracia.
Me siento profundamente afortunado de haber podido –en la coyuntura más difícil de mi juventud– encontrar a una persona que estuviera dispuesta a comprometerse hombro a hombro conmigo y con otros jóvenes; un hombre a quien llegué a considerar mi maestro de vida.
Cuando conocí a Josei Toda en una pequeña reunión de miembros de la Soka Gakkai, él tenía 47 años, casi 30 más que yo. Aún así, respondió a mis preguntas con sencillez y sinceridad. Toda se había resistido al régimen militar que, lanzando al país hacia una guerra invasora, despojó a los japoneses de sus derechos y libertades. Por ello tuvo que soportar persecuciones y dos años de encarcelamiento. Las palabras de una persona que había sufrido de la privación de libertad por sus convicciones poseían un peso especial. Sentí de manera intuitiva que podía confiar en él.
Toda era un educador con un profundo amor por la juventud. Entre bocanadas de cigarrillo, sus conversaciones podían extenderse libremente a diferentes temas, mientras compartía reflexiones sobre los problemas de la vida más difíciles de tratar.
Organizaba sesiones de estudio al aire libre para los jóvenes en hermosos lugares naturales que nos ayudaban a recuperar cada vez más vitalidad. Recuerdo una ocasión cuando, alrededor de una fogata cerca de un río, hablamos con él hasta entrada la noche sobre las cosas que nos preocupaban: las relaciones con nuestros padres, el matrimonio, nuestras vidas y nuestro futuro.
Toda tenía una profunda fe y confianza en los jóvenes. Percibía en ellos posibilidades que ni ellos mismos podían imaginar. En consecuencia, la seguridad, el coraje y la esperanza que Toda les transmitía los transformaba. Por mi propia experiencia, estoy convencido que pocas cosas son tan cruciales para el crecimiento sano de los niños como el que éstos se encuentren con alguien que realmente confíe en ellos. Los estudios sugieren que los jóvenes que actúan violentamente a menudo experimentan la sensación de que nadie está interesado en ellos o se preocupa por ellos. El comportamiento problemático de los niños es un duro reflejo del egoísmo y la apatía de la sociedad adulta.
El Sutra del loto incluye la siguiente parábola.
Había una vez un hombre que tenía un amigo rico. Un día, el hombre visitó a su amigo y éste lo colmó de atenciones hasta que, saturado de vino, se quedó dormido. El amigo rico tuvo que salir a atender sus asuntos y, antes de salir, como regalo de despedida, cosió una valiosa joya en el dobladillo de la vestimenta del hombre dormido. Sin saber nada, el hombre se despertó y salió a atender sus asuntos. Luego pasó tiempos difíciles y vagó pobremente por el mundo. Años después, los dos amigos se encontraron de nuevo. El rico, sorprendido de las condiciones de su amigo, le habló sobre el regalo que le había dado, y que había poseído todo ese tiempo.
Cada joven posee un precioso tesoro interior de infinito valor. Permanecer ajeno a esto y vivir dando traspiés en medio de la pobreza espiritual es un trágico desperdicio. Por el contrario, una persona plenamente conciente de que la dignidad de su vida es comparable a una joya preciosa, puede respetar verdaderamente ese tesoro en los demás.
Todos tenemos oportunidades, en nuestras familias y comunidades, para interactuar con jóvenes. Mi esperanza es que los adultos se tomen su tiempo y hagan esfuerzos para escuchar con atención las voces de los jóvenes. Actos de amor así de pequeños pueden renovar de frescura y plenitud a un joven corazón. Todos debemos esforzarnos por convertirnos en una fuente confiable de calidez y nutrimento espiritual.
Aunque pueda parecer laborioso y aunque puede que demande mucho tiempo, estoy convencido de que a partir de estos esfuerzos –de la resonancia y la confianza que se da entre una vida y otra– es que emergen personas intensamente sensibles a los sufrimientos de los demás, personas capaces de emprender por los demás acciones plenas de empatía. Éste es el primer paso hacia la construcción de los valores que sustentarán una sociedad genuinamente saludable. Éstas son las semillas de la esperanza futura que podemos sembrar hoy.
[El 8 de junio de 2006, el periódico The Japan Times publicó un editorial del presidente de la SGI, Daisaku Ikeda. Este editorial es una columna que aparece el segundo jueves de cada mes.]
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