Presidente de la SGI

Presidente de la SGI : 
Daisaku Ikeda

Daisaku Ikeda es un escritor prolífico, poeta y activista de la paz, reconocido como uno de los intérpretes más importantes del budismo, quien con su sabiduría influye en muchas de las cuestiones contemporáneas que enfrenta nuestra humanidad.


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Enfrentar el pasado, abrazar el futuro


Comunicar las verdades de la historia es un acto de esperanza para el futuro. Por esta razón, es nuestro deber para con las generaciones jóvenes del siglo XXI comunicar el odio de la guerra y el compromiso con la paz que quedaron grabados en tantas vidas el 15 de agosto de 1945.


Un sondeo realizado en el Japón el año pasado reveló realidades preocupantes: sólo un 45 por ciento de los japoneses de entre los 20 y los 30 años de edad – y apenas un 26 por ciento de los adolescentes– lograron recordar con claridad la fecha en que la Segunda Guerra Mundial llegó a su fin, y cuando se les preguntó si creían que el Japón se involucraría en alguna guerra mientras ellos estuvieran vivos, un 15 por ciento de los que tenían entre 20 y 30 años de edad respondió "sí". Por otra parte, uno de cada cuatro adolescentes tiene la expectativa de llegar a participar en una guerra. Estas posiciones no significan que carezcan de relación. No es posible una visión sana del futuro sin un conocimiento a fondo del pasado.


El 15 de agosto de 1945, fue el día de la derrota del Japón en la Segunda Guerra Mundial. También fue, para los pueblos asiáticos, el día de su liberación del cruel dominio del militarismo japonés. Muchos ciudadanos japoneses experimentaron una sensación similar de liberación. Yo jamás olvidaré la imagen de mi padre ese día en que, ya muy quebrantado de salud, elaboró una lista de los nombres de los cuatro hijos que le habían sido reclutados. Mientras lo hacía, murmuraba: "Pronto estarán en casa". Para el pueblo japonés que está viviendo hoy, el 15 de agosto debería ser un día para renovar la promesa de construir una paz duradera; un día para reafirmar nuestra determinación de contribuir con la estabilidad y la prosperidad del continente asiático.


El dolor causado por el militarismo japonés a los pueblos asiáticos es tan vasto y profundo que jamás se podrá llegar a compensar. El Japón debe demostrar, con palabras claras y acciones sinceras, su compromiso de nunca repetir los errores del pasado. Y debe hacerlo de un modo que se gane la confianza plena de los pueblos asiáticos.


Realizar una sincera recopilación de las realidades históricas y reflexionar sobre los errores del pasado no es algo que pueda calificarse de "masoquista" o avergonzante. Por el contrario, es un acto valiente y honroso.


La Constitución de renuncia a la guerra y la política japonesa de no poseer armas nucleares son condiciones esenciales para lograr la confianza de nuestros vecinos asiáticos. Si se pierde alguna de estas condiciones aumentará la inestabilidad regional y se debilitará la seguridad japonesa.


El Japón se ha beneficiado inmensurablemente de Asia. El cultivo húmedo del arroz, el sistema chino de escritura, la tecnología de la construcción y la ingeniería, los tratamientos médicos y la farmacología, así como los sistemas de pensamiento y de creencias religiosas, son apenas algunas de las riquezas culturales que han llegado al Japón desde Asia, en particular desde nuestros vecinos en China y la Península Coreana.


Esta deuda tampoco está limitada a los objetos o las ideas. Desde tiempos antiguos, los pueblos de todo el continente asiático han aportado al Japón sus talentos, su conocimiento y su energía, ayudando así a sentar las bases de la existencia del país nipón. Resulta crucial que, desde una amplia perspectiva histórica, nos mantengamos concientes de estas profundas y antiguas conexiones con los países asiáticos, con cuya cultura tenemos una inmensa deuda de gratitud.


En años recientes la idea de una Comunidad del Asia Oriental ha estado cobrando fuerzas. El año pasado, por ejemplo, se realizó la primera Cumbre del Asia Oriental en Kuala Lumpur. Entre los resultados más resaltantes estuvo el acuerdo para continuar con diálogos del más alto nivel hacia la futura creación de una Comunidad del Asia Oriental. En toda la región, existen diversos asuntos que traspasan las fronteras y tiene que ver con la "seguridad humana" – desde la integridad ecológica hasta asuntos relativos a la energía o a la propagación de enfermedades infecciosas. Todos requieren con urgencia de la cooperación de la región en su totalidad, y el manejo de estos problemas puede proporcionar oportunidades concretas para el desarrollo de relaciones de cooperación en la región.


Las etapas que precedieron a la integración europea tuvieron como origen lo que los pueblos tenían en común como civilización, y aunque Asia posee una rica diversidad en cuanto a sus tradiciones culturales, tradiciones religiosas y sistemas políticos, en mi opinión, dentro de la región existe una herencia espiritual que valora la armonía entre los seres humanos y entre la humanidad y la naturaleza. A esto es a lo que me refiero cuando hablo de un "ethos de coexistencia", con lo cual estoy hablando de una visión de la naturaleza humana según la cual, la identidad personal se desarrolla a mayor plenitud en virtud de la familiaridad y el compromiso que establecemos con los demás. Este ethos antepone la cooperación a la rivalidad, la unidad a la fragmentación. Coloca a un "nosotros" pluralista por encima de un aislado "yo". Buscando dar forma a ese reconocimiento de nuestro pasado compartido, se han hecho esfuerzos por escribir libros de texto para la enseñanza de la historia en todo el continente asiático. Y aunque estos esfuerzos se hayan visto obstaculizados por el freno de los sentimientos nacionalistas que han ido surgiendo en diversos países, no se deben abandonar. Sobre este aspecto, también podemos aprender del ejemplo de un libro de texto que fue publicado recientemente en un esfuerzo conjunto franco-germano para la enseñanza de la historia moderna, un proyecto propuesto en sus inicios por el Parlamento Juvenil Europeo.


Esfuerzos como éste pueden incentivar una toma de conciencia que trascienda las limitaciones de los estados individuales. Los estados cambian y se transforman según las aceleradas corrientes de la historia. Lo que es constante son los pueblos, es decir, los seres humanos y la humanidad.


Si le damos un breve vistazo a la historia, resulta claro que quienes inician las guerras son siempre los líderes autoritarios y las fuerzas que –para su propio beneficio– avivan las llamas de los conflictos, y quienes sufren las consecuencias son siempre los ciudadanos comunes. Esta es la razón por la que necesitamos trascender las confrontaciones fundamentadas en el paradigma de "nuestro país" versus "el país de ellos", creando una solidaridad global entre los pueblos que confronte y rete el abuso demoníaco de la autoridad, dondequiera que ocurra.


Asia tiene el potencial para mostrar un modelo de cambio, de un sistema centrado en los intereses nacionales, a otro centrado en los intereses de los pueblos.


Es crucial construir un sólido y grueso tejido hecho con los hilos de la amistad y la confianza, que conecte firmemente los corazones de las personas comunes. Los intercambios entre los jóvenes son especialmente vitales. Ellos son los que llevarán a cabo los retos del futuro. La solidaridad de los jóvenes ciudadanos asiáticos –de los ciudadanos del mundo– será nuestra más firme fortaleza contra la guerra.


Donde hay seres humanos que viven juntos, no se pueden evitar los conflictos. Pero la guerra sí se puede evitar. La idea de que "estamos en conflicto" puede reinterpretarse como "compartimos un problema". Un problema compartido se puede enfrentar y resolver mejor mediante esfuerzos compartidos. En lugar de provocar la confrontación, debemos dedicarnos a afrontar el futuro que espera por ambas partes por igual, unidos en un mismo reto por el bienestar de los jóvenes.


Aunque haya diferencias en cuanto a nuestra herencia lingüística, cultural, étnica y religiosa, el futuro que tenemos que compartir, es decir, el futuro de los jóvenes de cada sociedad, es uno y es el mismo.


[El 10 de agosto de 2006, el periódico The Japan Times publicó un editorial del presidente de la SGI, Daisaku Ikeda. Este editorial es una columna que aparece el segundo jueves de cada mes.]