Presidente de la SGI :
Daisaku Ikeda
Daisaku Ikeda es un escritor prolífico, poeta y activista de la paz, reconocido como uno de los intérpretes más importantes del budismo, quien con su sabiduría influye en muchas de las cuestiones contemporáneas que enfrenta nuestra humanidad.
Vivimos en una sociedad en la que abundan la presión y la tensión psicológica. En el Japón, casos como el síndrome de "muertes por el exceso de trabajo", o el trágicamente alto índice de suicidios, son síntomas en los que se pueden observar niveles extremos de este tipo de tensión mejor conocida como "estrés". El vicioso maltrato por intimidación con que unos niños agraden a otros, también es un reflejo del estrés.
Martin Seligman, renombrado investigador en el campo de la psicología de la esperanza, expresa su preocupación sobre lo que él llama "el gran yo y el pequeño nosotros", una suerte de egocentrismo distendido, y un sentido cada vez más atenuado de conexión con las demás personas. Resulta evidente que debemos confrontar esta tendencia si queremos impedir que nuestras vidas se plaguen de cada vez más el estrés.
En el pasado, la sociedad humana proporcionaba el estímulo y las posibilidades para que las personas se alentaran unas a otras, especialmente en situaciones de fuerte tensión. Resulta muy lamentable que muchas de las redes que antes proporcionaban ese tipo de apoyo se hayan debilitado o hayan sido destruidas. Frente al estrés, demasiadas personas sienten que no tienen a nadie a quien acudir, y que no tienen acceso al tipo de amistades o comunidades con las cuales compartir fácil y abiertamente sus problemas y preocupaciones.
El término "estrés" proviene en sus orígenes de la física y se refiere a la deformación que sufre un cuerpo que se ve sometido a fuerzas externas. Posteriormente, fue usado para referirse al efecto que las diversas presiones causan sobre el bienestar mental y físico de los seres humanos. No hace falta decir que, así como cada uno de los materiales soporta mejor o peor que los demás la tensión que ejerce la presión física, nuestra capacidad para manejar las situaciones estresantes varía enormemente de una persona a otra.
Un trabajo o situación interpersonal, que para determinado individuo resulta intolerablemente estresante, puede ser percibido, por otra persona, como algo totalmente inocuo. El estrés, por otra parte, también puede afectar a una misma persona de modos diversos en distintas ocasiones. Y hasta resulta frecuente que eventos aparentemente felices como casarse, o ser promovidos en el trabajo, provoquen reacciones de estrés.
Por esta razón, decirle a alguien que su problema no tiene mayor importancia, incluso con el propósito sincero de animar a esa persona, podría en realidad ahondar e intensificar la tensión que siente. Las reacciones del corazón humano no son mecánicas y predecibles; son infinitamente sutiles y delicadas.
Desde cierta perspectiva, las raíces del estrés pueden remontarse a las ideas contemporáneas que compartimos sobre la naturaleza del ego. Por una parte, lo que se espera de cada uno de nosotros es que, como "individuos libres", podamos manejar cualquier situación sin ayuda de los demás. Al mismo tiempo, las sólidas estructuras burocráticas que reinan en la sociedad tratan a las personas como componentes y engranajes de un todo, e inculcan la idea de que nosotros no estamos capacitados para darle forma a nuestro destino y, mucho menos, para mover a la sociedad humana hacia una nueva y mejor dirección. Enfrentadas a la disyuntiva de las excesivas expectativas y los sentimientos de total incapacidad, las personas llegan a sentirse cada vez más vulnerables ante el impacto del estrés.
El manejo exitoso del estrés requiere que intentemos vernos a nosotros mismos bajo una luz diferente. Necesitamos una comprensión más profunda de nuestras verdaderamente ilimitadas potencialidades, de nuestra vulnerabilidad, y de cómo podemos desarrollar nuestras fortalezas individuales por vía del apoyo mutuo.
Hans Selye, quien abrió el camino en el campo de la investigación sobre el estrés ofreció el siguiente consejo fundamentado en su propia experiencia de batallar contra el cáncer: En primer lugar, establezca sus propias metas en la vida y manténgalas. Segundo, esfuércese por serle útil a los demás. Un estilo de vida así será, en fin de cuentas, beneficioso para usted mismo.
Como seres humanos que somos, es natural que tengamos la visión puesta en el futuro. Nuestros ojos, por naturaleza, ven hacia delante. En este sentido, el modo en que estamos hechos implica que avancemos hacia una meta. Al mismo tiempo, al extenderle la mano a quienes sufren fortalecemos nuestra capacidad para enfrentar problemas y desafíos propios con valentía.
Un día, a Shakyamuni se le aproximó una mujer destruida por la pena de haber perdido a su hijo. Ella le rogó que le devolviera la vida a su niño. Shakyamuni la alentó y le ofreció preparar una medicina que lo reavivaría. Entonces le dijo que, para hacerlo, iba a necesitar una semilla de mostaza que le pidió buscara en un pueblo cercano. Esta semilla de mostaza, sin embargo, tendría que venir de un hogar en el que las personas nunca hubiesen experimentado la muerte de un miembro de la familia. La mujer partió de casa en casa, pidiendo una semilla de mostaza en cada una. Pero no pudo encontrar un hogar en el que nunca se hubiese conocido la muerte. Mientras continuaba en su búsqueda, la mujer comenzó a comprender que su sufrimiento era algo que todas las personas habían compartido. Entonces regresó a Shakyamuni determinada a no sentirse agobiada por el pesar.
El entrenamiento físico y mental transforma nuestra experiencia de las cosas. La misma cuesta empinada que para el esquiador inexperto provoca tanto terror es, para el experto, una fuente de entusiasmo y alegría. Del mismo modo, gracias a un estudio persistente, podemos adquirir conocimiento e inspiración del texto más profundo y difícil.
La educación física nos permite extraer las capacidades no visibles de nuestros cuerpos. El entrenamiento intelectual desarrolla nuestras mentes. Del mismo modo, podemos entrenar y fortalecer nuestros corazones. Gracias al proceso de superar el pesar, por ejemplo, logramos ver más allá de nuestro propio sufrimiento y preocupación, y desarrollar un sentido más amplio y sólido del yo. Esta experiencia puede inspirar actos compasivos hacia otras personas que estén experimentando el mismo dolor.
Cuando trabajamos con los demás, y por los demás, podemos incluso lograr que una situación estresante se convierta en una oportunidad para aprender a vivir con mayor energía y mejor enfoque. Parece poco probable que disminuyan las fuentes de tensión que enfrentamos. De hecho, lo que parece muy probable es que éstas aumenten.
Ahora, más que nunca, necesitamos desarrollar cualidades de fortaleza, sabiduría y esperanza. Y mientras lo hacemos, también necesitamos forjar redes cada vez más amplias de apoyo mutuo.
En el análisis final, la clave para vivir en una sociedad plena de tensiones yace en sentir como propio el sufrimiento de los demás, es decir, en liberar la capacidad universal que el ser humano tiene para la empatía. No hay ninguna necesidad de llevar en soledad la carga de un pesado corazón.
[El 9 de noviembre de 2006, el periódico The Japan Times publicó un editorial del presidente de la SGI, Daisaku Ikeda. Este editorial es una columna que aparece el segundo jueves de cada mes.]
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