Presidente de la SGI :
Daisaku Ikeda
Daisaku Ikeda es un escritor prolífico, poeta y activista de la paz, reconocido como uno de los intérpretes más importantes del budismo, quien con su sabiduría influye en muchas de las cuestiones contemporáneas que enfrenta nuestra humanidad.
"Seguimos haciendo énfasis en nuestras diferencias en lugar de en lo que tenemos en común. Continuamos hablando de ‘nosotros’ contra ‘ellos’. Sólo cuando podamos empezar a incluir a toda la humanidad al hablar de ‘nosotros’ estaremos realmente en paz…"
Éstas son las palabras con las que el doctor Mohamed ElBaradei, director general de la Agencia Internacional de Energía Atómica (IAEA, por sus siglas en inglés), expresó su convicción personal durante nuestro encuentro en Tokio el pasado noviembre. Como parte de los esfuerzos que ha realizado para impedir una mayor proliferación de las armas nucleares, el doctor ElBaradei ha llevado a cabo un paciente y persistente proceso global de diálogo.
Tal vez jamás haya habido un momento en el que –como ahora– se haya sentido tanto la necesidad del diálogo. Las fuerzas de la división y el conflicto mantienen su furia en el mundo entero. Se trate de la actual violencia y el caos en Irak, de la horrenda crisis humanitaria que impera en la región de Darfur del Sudán Occidental, o de las confrontaciones sobre los programas de desarrollo nuclear en Irán y Corea Norte, ninguno de estos conflictos se puede frenar por la vía del uso de poder militar. No se pueden resolver por medio de la fuerza. Esto es lo menos que deberíamos haber aprendido sobre el rumbo que tomaron los acontecimientos internacionales, luego del 11 de septiembre de 2001.
Cuando se usa la fuerza militar u otras formas de "poder duro" para imponer un resultado, quienes pagan el peor precio son los ciudadanos comunes, es decir, las personas que no han cometido delito alguno. El dolor y el tormento que llegan con la guerra, caen sobre todos, amigos y enemigos por igual.
Sea lo que sea que justifique la causa en cuyo nombre se active la fuerza, su uso impregna de amargura los corazones de la generación subsiguiente, y aporta el riesgo de que los conflictos se fortalezcan y perpetúen. Sólo si se desatan los complejos lazos del odio y la venganza se podrán remover las causas que subyacen a que la violencia aumente.
Todo parece indicar que están surgiendo nuevos esfuerzos orientados a usar el diálogo para traspasar los conflictos. Este es un hecho muy afortunado, en realidad. Pero el sólo hablar no garantiza el entendimiento. Las realidades de diálogo no son así de simples. Una de las dos partes puede verse atrapada por la lógica de la violencia. Los eventos ocurridos a lo largo del tiempo, pueden haber complicado los hechos a un punto en el que las posibilidades de diálogo podrían parecer lejanas, e incluso fuera de alcance.
Pero estas razones, precisamente, son las que hacen que el diálogo sea una alternativa que demanda verdadera valentía y fortaleza. El diálogo comienza con un reconocimiento preciso de las posiciones e intereses de las partes, y prosigue entonces con una cuidadosa identificación de los obstáculos que impiden el progreso. Esto se logra gracias a un trabajo paciente, dedicado a eliminar y resolver cada uno de esos obstáculos. Es la máxima tarea constructiva del espíritu humano. Por esta razón –precisamente– es que la resolución de los conflictos mediante el diálogo –a diferencia de la fuerza militar cuya esencia es la destrucción– puede llevar a una solución genuina y duradera.
El doctor ElBaradei ha señalado que la globalización trae consigo la esperanza de poder comprender más fácilmente que somos, de hecho, una familia humana. "Ya siento esa esperanza en el mundo entero. He viajado ampliamente, y he sido testigo de que todas las personas, sea cual sea su color, religión o raza, comparten las mismas esperanzas y las mismas aspiraciones".
También yo, por la experiencia propia de haber entablado diálogos con muchas personas de una amplia gama de entornos políticos, religiosos, étnicos y culturales, he llegado al convencimiento de que cuando hablamos francamente sobre la base de lo que tenemos en común –que somos seres humanos– siempre es posible encontrar la vía para dar un nuevo paso adelante.
La Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (IPPNW, por sus siglas en inglés) fue fundada cuando la Guerra Fría se encontraba en su máximo apogeo, con el objeto de reunir a los médicos del bloque Oriental y el bloque Occidental. Los esfuerzos iniciales, me han dicho, estuvieron marcados por incesantes choques entre los representantes de ambos lados.
Pero a medida que continuaron hablando, todos lograron retornar al enfoque del compromiso común que como médicos tenían en pro de la dignidad humana y el logro de paz. La calidez generada por un diálogo serio, demostró ser capaz de fundir el hielo de la confrontación; hizo posible que la solidaridad y la amistad se impusieran por sobre las diferencias ideológicas.
Un primer paso en cualquier proceso de diálogo es intentar ir más allá de las mutuas recriminaciones, y enfocarse en asuntos prácticos que apunten hacia el futuro. Puede dársele al conflicto un nuevo enfoque referido a los problemas compartidos. Así, el esfuerzo cooperativo para resolver estos problemas puede abrir una vía hacia el aprendizaje en común, hacia la aceptación y hacia el respeto. Esto puede transformar la dinámica de la interacción y aportar posibilidades que antes no se vislumbraban.
Abrir un proceso de diálogo, es el primer paso que permite dispersar las oscuras nubes de la desconfianza que, por lo general, sirven de telón de fondo para que se desaten la guerra y el conflicto. Si se quiere proteger la paz global, resulta vital evitar aislar a cualquier nación o persona.
Las distancias entre las personas no tienen que actuar como barreras que hieren y hacen daño. Por el contrario, las diferencias que existen entre las culturas y las civilizaciones deben ser reconocidas y valoradas como elementos que crean mayor valor para todos.
En años recientes se han estado realizado esfuerzos para promover el "diálogo entre las civilizaciones", y utilizar la sabiduría que ha nacido de las diversas tradiciones culturales y religiosas de la humanidad con el objeto de tomar en las manos las perspectivas de un futuro que todos compartimos. El profesor Tu Weiming de la Universidad de Harvard ha sido un defensor importante de este tipo de esfuerzos. Él afirma que la verdadera importancia del diálogo entre las civilizaciones se encuentra en el aprendizaje mutuo. También advierte que los individuos, e incluso las civilizaciones, que dejan de aprender, mientras asumen la arrogante posición de que ellos sólo necesitan enseñar a otros, inevitablemente entran en declive.
Hoy estamos confrontando la oportunidad sin precedentes de comenzar a construir una nueva civilización, una civilización que tendrá como base un compromiso consistente con el diálogo en todos los ámbitos. Las corrientes del diálogo son vitales y vibrantes, y poseen la capacidad de hacer tambalear incluso a la más obstinada de las obediencias al uso de la fuerza. El diálogo no se limita al intercambio de conversaciones sobre lo que nos place, incluye, por el contrario, compartir perspectivas que difieren agudamente. El valor y la paciencia son esenciales si queremos continuar el trabajo esmerado de deshacer los nudos que atan a las personas a determinados puntos de vista. El impacto de este tipo de diplomacia humanística puede hacer que la historia se mueva hacia una nueva dirección.
En un mundo colmado por la riqueza de las diversas culturas, no podemos permitirnos el lujo de regresar a un impenetrable aislacionismo. Es crucial reavivar el espíritu del diálogo y dar rienda suelta a una búsqueda creativa en pro de la coexistencia pacífica.
Tener fe en el potencial positivo del diálogo es creer en el potencial positivo de la humanidad.
[El 11 de enero de 2007, el periódico The Japan Times publicó un editorial del presidente de la SGI, Daisaku Ikeda. Este editorial es una columna que aparece el segundo jueves de cada mes.]
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