Presidente de la SGI

Presidente de la SGI : 
Daisaku Ikeda

Daisaku Ikeda es un escritor prolífico, poeta y activista de la paz, reconocido como uno de los intérpretes más importantes del budismo, quien con su sabiduría influye en muchas de las cuestiones contemporáneas que enfrenta nuestra humanidad.


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El potencial de una sociedad que envejece


La sociedad japonesa se encuentra en la cúspide del cambio. A partir de este año, un gran número de las personas nacidas en la posguerra –la generación baby boom– alcanzará la edad para la jubilación; el "problema 2007". La población en el país que sobrepasa los 65 años de edad ya llega a 25,6 millones de personas, más del veinte por ciento del total de habitantes, y este porcentaje continuará expandiéndose. El envejecimiento de la sociedad no es, claro, algo que afecta sólo al Japón. Según las Naciones Unidas, la población global de las personas que actualmente sobrepasan los 60 años de edad –estimado hoy en 600 millones– se acercará a los 2 mil millones para el año 2050.


Sin embargo, lo más importante con respecto a esto, no está en los números. Los problemas del envejecimiento nos brindan una oportunidad para que hagamos un replanteamiento de la vida, tanto en lo comunitario como en lo personal, con miras a asegurar la dignidad y el bienestar de cada ser humano.


Todas las personas tienen un deseo natural a sentirse necesitadas, desean tener una confirmación tangible de que son importantes para el otro. Nuestro desafío es construir una sociedad en que las personas sientan que están siendo verdaderamente valoradas, y que han alcanzado la plenitud a lo largo de sus vidas.


La sabiduría y la experiencia de las personas mayores son un recurso inestimablemente valioso. Reconocer y atesorar las contribuciones de las personas de edad avanzada es esencial para el florecimiento –a largo plazo– de cualquier sociedad. Como país que está sufriendo este cambio demográfico a una velocidad excepcional, el Japón tiene la oportunidad de mostrar un ejemplo positivo de respuesta creativa a este desafío.


En un reciente estudio de miembros de la generación de la posguerra, dos tercios de los entrevistados expresaron ansiedad sobre el futuro. Además de mencionar problemas económicos tales como si las pensiones llegarían a ser suficientes, o sobre el costo de la vida, también expresaron preocupación en cuanto a su propia salud, sobre si estarían en capacidad de cuidar de sus padres, y así sucesivamente. De hecho, muchos trabajadores de asistencia social enfrentan cada día retos realmente conmovedores. Existe una responsabilidad clara y significativa de responder a estas voces con medidas de políticas públicas que respondan a las necesidades de un modo efectivo.


El mismo estudio, sin embargo, también señala actitudes positivas. Aunque sólo el quince por ciento de los miembros de la generación de la posguerra están ahora comprometidos en actividades voluntarias, seis de cada diez de ellos dijeron que esperaban hacerlo en el futuro. Y casi ocho de cada diez esperaban profundizar más en las relaciones con sus vecinos y su comunidad.


Yo creo que este tipo de actitud –la de desear trabajar para beneficio de los demás y para fortalecer los vínculos de la comunidad– puede asegurar la vitalidad de una sociedad en envejecimiento. Los individuos que se sienten necesarios y se esfuerzan por los demás, pueden mantenerse jóvenes y enérgicos. Pueden transformar una comunidad, y hacer que ésta se convierta en un lugar en el que se perciban la calidez y la amistad.


Hay una máxima oriental que dice que cuando sostenemos una linterna para los demás, el camino que tenemos por delante también se ilumina. Los esfuerzos sinceros por hacer que nuestro entorno brille se nos devuelven e irradian dignidad sobre los últimos años de nuestra vida. Una persona genuinamente feliz es aquélla que ha hecho a otros felices.


Yo creo que la juventud puede durar toda la vida. La juventud interna no tiene nada que ver con nuestra edad física. Por el contrario, es determinada por la pasión con que vivimos, el entusiasmo con que aprendemos, la frescura y la energía con que avanzamos hacia la meta que hemos escogido en la vida.


Hace unos 30 años, intercambié una serie de cartas con el muy admirado novelista, Yasushi Inoue (1907-1991). En un pasaje inolvidable, inspirado por la imagen de unos niños que se disponían a volar sus cometas durante las fiestas del Año Nuevo, Inoue escribió: "Siento la necesidad de hacer remontar algo en lo alto –una cometa quizás– y llevarla a que se eleve hacia los cielos, para entonces dejarla que dance, alocadamente, con el agitar del viento".


En otra carta, Inoue escribió que, con la edad, se había sentido cada vez más atraído por el fiero sol de mediados del verano. La imagen de andar en medio de tanto calor, escribió, parecía simbolizar una urgente determinación de lograr algo. Y es que lograr algo –decía– es, en realidad, la única prueba de que estamos vivos.


Inoue ya padecía de cáncer y había sido sometido a una cirugía mayor cuando comenzó a escribir su novela final, "Confucius". Durante los siguientes dos años continuó trabajando en esta novela que deja muy clara la condición humana de este filósofo chino y sus discípulos. Inoue trabajaba, a veces, en un escritorio que le fue llevado a su habitación en el hospital. Recuerdo cuando compartió conmigo estas palabras: "No puede haber mayor alegría para una persona que escribir su mejor obra en sus últimos años, cuando está viviendo el resultado final de su vida".


¿Vemos la vejez como un período de declive que acaba con la muerte? ¿O como una elevación enfocada al logro de nuestras metas y orientada a concluir la vida de un modo gratificante y satisfactorio? Una diferencia sutil en nuestra actitud interna puede cambiar completamente el modo en que vivimos estos años.


Nadie, ni siquiera quienes poseen cantidades aparentemente ilimitadas de riqueza y poder, puede evitar la muerte. Sólo cuando tomamos clara conciencia de nuestra temporalidad –de la limitada cantidad de tiempo que poseemos– es que consideramos seriamente la pregunta sobre cuál es la mejor manera de vivir, sobre cómo hacer de nuestras vidas algo realmente valioso.


El ideal de vejez podría ser comparable a un magnífico crepúsculo. Así como la profundidad del púrpura del atardecer nos brinda la promesa de un hermoso mañana, una vida bien vivida lleva consigo el regalo de la esperanza para las generaciones futuras.


Pero no son sólo los grandes novelistas los que pueden dejar algo tras de sí, cada uno de nosotros puede hacerlo. Me refiero a dejar una marca única e indeleble de nuestras vidas, una huella de nuestra alma en el planeta. El grado en el que alcancemos satisfacción por lo vivido es algo que sólo nosotros podemos juzgar, y es algo cuya responsabilidad es totalmente nuestra. Los más grandiosos párrafos de la vida suelen ser los que se escriben en tiempos de lucha.


La máxima prueba de haber ganado en la vida es poder ver hacia atrás con un sentido de orgullo y satisfacción; poder decir que uno ha vivido a plenitud y sin arrepentimientos. Quizás el elemento más crucial para una sociedad en envejecimiento está en que reine un espíritu de apoyo mutuo para que cada quien llegue a la meta de poder decir, sin la más mínima vacilación, que ésta ha sido una vida realmente buena.


Los retos de una sociedad en envejecimiento no se limitan al establecimiento de políticas adecuadas. Son una oportunidad para reconsiderar el modo en que escogemos vivir nuestras vidas –un planteamiento muy personal, y muy íntimo.


[El 8 de marzo de 2007, el periódico The Japan Times publicó un editorial del presidente de la SGI, Daisaku Ikeda. Este editorial es una columna que aparece el segundo jueves de cada mes.]