Presidente de la SGI :
Daisaku Ikeda
Daisaku Ikeda es un escritor prolífico, poeta y activista de la paz, reconocido como uno de los intérpretes más importantes del budismo, quien con su sabiduría influye en muchas de las cuestiones contemporáneas que enfrenta nuestra humanidad.
Por primera vez en cinco años, este año, las agujas del llamado "Reloj del Juicio Final", concebido por el Boletín de Científicos Atómicos con sede en Chicago, avanzaron dos minutos. En este momento marcan las 11:55 p.m. Faltan sólo cinco minutos para la "media noche" de la aniquilación de la raza humana. Este cambio no sólo refleja las pruebas nucleares que Corea del Norte llevó a cabo el año pasado, sino también la incertidumbre generada por los objetivos de Irán en sus avances nucleares y el impacto que ejercen la degradación medioambiental y los cambios climáticos.
Este "reloj" fue establecido en 1947 en un momento en el que se consideraba que las armas nucleares eran la mayor amenaza a la supervivencia del ser humano. En la actualidad, la crisis ecológica global proyecta una oscura sombra sobre el futuro. Esto demanda acciones inmediatas.
Han pasado 35 años desde que El Club de Roma emitió su informe inicial sobre el medio ambiente global, "Los límites del desarrollo". Tres años después, en 1975, me reuní con el fundador del club, Aurelio Peccei, quien compartió conmigo su profunda preocupación en cuanto a que, a menos que ocurriera un cambio de dirección, el siglo XXI podría llegar a ver la Tierra convertida en un planeta devastado, en el que tanto la naturaleza como la humanidad quedarían en ruinas. A pesar de la severidad de la crisis, los líderes de campos tales como los negocios y la política, entre otros, no se han enfocado con seriedad en la búsqueda de soluciones; se han preocupado más por los beneficios a corto plazo, dedicando poco a pensar en las futuras generaciones.
Cuando dialogamos sobre estas realidades, Peccei y yo estuvimos de acuerdo en que nada sería más crucial que un cambio revolucionario en el corazón de los seres humanos.
La humanidad ha experimentado muchos cambios revolucionarios a lo largo del curso de la historia: revoluciones en la agricultura, en la ciencia, en la producción industrial, al igual que numerosas revoluciones políticas. Pero todo esto se ha visto limitado a los aspectos externos de nuestras vidas individuales y colectivas.
Dicho de otro modo, aunque hemos avanzado a pasos agigantados en nuestra capacidad tecnológica para controlar y dar forma al mundo que nos rodea, no hemos logrado una expansión y una elevación del espíritu humano equivalentes en contundencia. Como resultado, hemos quedado a la merced de las fuerzas que hemos desatado.
Durante milenios, la humanidad ha perseguido el objetivo de obtener las necesidades materiales para su supervivencia. Sin embargo, como lo declaró Mahatma Gandhi, la Tierra puede producir lo suficiente como para satisfacer las necesidades de todos, pero no la avaricia de todos.
Si nuestra cultura materialista sigue siendo manejada por los descontrolados impulsos del deseo, se nos escapará totalmente de las manos. Incluso ahora amenaza con consumir y devastar la Tierra, debilitando los sistemas de vida que sirven de soporte a nuestra existencia.
En fin de cuentas, todas las actividades humanas tienen como objetivo alcanzar la felicidad. ¿Por qué, entonces, hemos terminado produciendo el resultado opuesto? ¿Podría ser que la causa subyacente sea que no comprendemos a plenitud la verdadera naturaleza de la felicidad?
La gratificación de los deseos no es la felicidad. Si lo fuera, como lo señaló Sócrates, una persona que se pasara la vida rascándose algo que le produce comezón, tendría que ser considerada feliz. La felicidad genuina sólo se puede alcanzar cuando transformamos nuestro modo de vivir, partiendo desde una búsqueda irracional del placer hasta llegar a otra de dedicación al enriquecimiento de nuestra vida interior, en la que nos enfocamos en "ser más" en lugar de "tener más".
El que nuestras propias vidas mejoren y alcancen la plenitud resulta más efectivo cuando buscamos el tipo de felicidad que no se limita a nuestro yo individual, sino que incluye el bienestar del otro. Es también mi parecer que un compromiso con la felicidad de los demás es la clave para el logro de una coexistencia pacífica entre las personas, y entre las personas y el mundo natural.
En la tradición budista, la búsqueda de ese ideal toma forma en el bodhisattva. Se dice que un bodhisattva no simplemente busca su propia liberación del sufrimiento. Por el contrario, está preparado para arriesgar todo por realizar acciones que benefician a los que sufren. Para el bodhisattva, existe una profunda armonía entre los intereses del yo y los del otro; los esfuerzos sinceros en nombre de los demás son la más grande de las fuentes de beneficio y dicha. Se dice que el bodhisattva le temen a la pérdida del espíritu altruista más que a los tormentos del infierno; porque perder el espíritu altruista es perder la razón de la existencia.
Aunque he utilizado específicamente el término budista "bodhisattva", no lo hago para implicar la existencia de un tipo de persona especial, en cierto modo diferente o mejor. Por el contrario, la capacidad para el altruismo es algo inherente a cada corazón humano. El término describe a cualquier persona –sea cual sea su cultura o religión– que realiza acciones por el bien de los demás.
Trabajar por la felicidad de las demás personas es algo que todos podemos hacer, ante cualquier circunstancia. No se requieren títulos especiales o credenciales para hacerlo. En fin de cuentas, todo se resume al esfuerzo de comprometerse con los demás y darles ánimo. Pero este ánimo no es algo que se ofrece desde lejos, manteniendo una distancia prudencial. Sólo logra transmitirse el verdadero ánimo dentro de un proceso en el que se comparten la realidad de los sufrimientos y los retos de la vida.
Hacer el esfuerzo por vivir de esta manera en medio de la corrupción y las humillaciones que reinan en la sociedad, luchando por regalarles a otros valentía y esperanza, hace brotar el brillo interior de nuestras vidas. Animar a los demás nos permite llegar a comprender plenamente el significado de nuestra existencia y experimentar felicidad duradera.
El proceso de "revolución humana" es la transformación que ocurre cuando una vida centrada en sí misma –y envuelta en sí misma– pasa a ser una vida dedicada al bienestar de los demás.
Incluso ante las severas crisis que la humanidad está confrontando actualmente, no puedo colocarme del lado de los defensores del apocalipsis. En lugar de dejarnos atrapar por la ansiedad y la angustia que provienen del temor, lo mejor que podemos hacer es resolver los retos que enfrentamos dejándonos guiar por una visión plena de esperanza.
La transformación interior que resulta de la revolución humana de incluso una sola persona es lo que nos hace dueños de ese tipo de esperanza. Ésta es una revolución abierta a todos, una revolución que no demanda el sacrificio de una sola vida.
Cuando este proceso alcance su máximo apogeo –cuando se levanten olas de cambio positivo que se propaguen de una persona a otra– la sociedad global se verá transformada de un modo contundente.
Este tipo de revolución se inicia en el aquí y en el ahora –en el corazón de cada uno de nosotros.
[El 12 de abril de 2007, el periódico The Japan Times publicó un editorial del presidente de la SGI, Daisaku Ikeda. Este editorial es una columna que aparece el segundo jueves de cada mes.]
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