Presidente de la SGI

Presidente de la SGI : 
Daisaku Ikeda

Daisaku Ikeda es un escritor prolífico, poeta y activista de la paz, reconocido como uno de los intérpretes más importantes del budismo, quien con su sabiduría influye en muchas de las cuestiones contemporáneas que enfrenta nuestra humanidad.


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Joven para siempre


De joven pensaba que no tenía nada que ver con las personas de edad. Tal vez, la mayoría de quienes están en su juventud olvidan que algún día experimentarán la senectud. Sin embargo, ahora pertenezco a la generación de la tercera edad y he perdido la agilidad física de antaño.


Mi maestro Josei Toda, segundo presidente de la Soka Gakkai, solía decir que los últimos años de la vida eran los más importantes; si en esta última etapa somos felices, habremos gozado de una existencia dichosa.


La vejez es el período de las realizaciones y de la culminación espiritual. Es una etapa en que dejamos de vivir preocupados por la posición social, el dinero o los bienes materiales; sin esas distracciones superficiales, nos vemos objetivamente y comprendemos la realidad de la vida y de la muerte, así como también, lo que es verdaderamente importante.


Cuando llegamos a este último periodo, el corazón nos dice si hemos vivido una vida satisfactoria. Nadie más que uno puede arribar a conclusiones ni evaluar nuestra propia vida. Claro está que el mayor reto es si, al final de nuestros días en este mundo, podemos decir honestamente que nuestra vida fue buena.


Haber llevado una existencia plena de satisfacciones hasta el último momento depende, en gran medida, de nuestra percepción de la muerte. Lamentablemente, muchas personas, llegadas a la ancianidad, sienten inquietud y temor ante la idea del cese de la vida. No obstante, como budista, encuentro que es ilustrativo comparar los ciclos de la vida y de la muerte con el ritmo diario de estar despierto y de dormir. Así como conciliamos el sueño después de cada jornada diaria, la muerte es un descanso oportuno para recobrar energías, que nos permite preparamos para una nueva ronda vital de actividades. Y, tal como disfrutamos de un buen sueño luego de un día en que hemos dado lo mejor de nosotros mismos, una existencia de intensa plenitud y sin remordimientos culmina en una muerte tranquila.


Es natural que los árboles den frutos en la época de la cosecha. De la misma manera, la vejez es un período de maduración. La tercera edad puede ser la época más valiosa de la vida, una etapa en que disponemos de experiencia, maduración de carácter, generosidad y en que nuestras virtudes se han acendrado. No nos debe apenar que con el paso del tiempo perdamos ciertas habilidades físicas, pues, por el contrario, las imperfecciones del organismo son insignias de mérito que deben llevarse con orgullo.


Un proverbio dice: "Para un necio, la vejez es invierno amargo; para el sabio, una era dorada". Todo depende de la actitud que asumamos, de cómo encaremos la vida. ¿Vemos la ancianidad como un período de decadencia que culmina en la muerte o como una época que nos brinda la oportunidad de concretar nuestros propósitos y colma nuestra vida con los sublimes frutos de una auténtica satisfacción?


Hace varios años, recibí la carta de una mujer de Kioto, Japón, de sesenta y siete años de edad, que aseveraba lo siguiente: "Trato de influir positivamente en cada persona que conozco para que evite utilizar expresiones que deslustren su potencial. Tenemos que erradicar definitivamente de nuestro discurso diario frases como 'no puedo hacerlo', 'soy demasiado viejo', 'no tiene sentido que lo intente', 'ya no tengo la capacidad', 'es demasiado difícil'. En lugar de eso, debemos reafirmar todo lo que aún sí podemos hacer, la gran posibilidad que se abre ante nosotros, y pensar: 'no me daré por vencido aún', 'todavía soy joven', 'por supuesto que aún puedo', 'me sobran vigor y energía'. Un simple cambio en la manera de expresarnos desencadena una transformación verdaderamente positiva en nuestro comportamiento."


Los estudios demuestran que cuando ejercitamos continuamente la memoria y la concentración, ninguna de ellas se pierde. Igualmente, se ha comprobado que mostrar un interés permanente por los demás, incorporar nuevos pasatiempos y hacer nuevos amigos son actitudes benéficas que atrasan el deterioro físico y mental.


Aunque nuestro cuerpo envejezca, si mantenemos una actitud vigorosa y positiva, nuestro corazón y nuestra mente permanecerán jóvenes por siempre.


El poeta estadounidense Samuel Ullman (1840-1924) enfatizó: "La juventud no es una época de la vida, es un estado del corazón; no es una cuestión de mejillas rosadas, labios rojos y rodillas flexibles; es cuestión de voluntad, calidad de imaginación y vigor de las emociones; es la frescura de las hondas primaveras de la vida".


Resulta vital mirar siempre hacia el futuro y tener planes y aspiraciones. Tal perspectiva es crucial para que nuestros últimos días sean provechosos y satisfactorios.


Una mujer cuya actitud juvenil me impresionó fue la pintora estadounidense Anna Marie Robertson Moses (1860-1961), conocida por el nombre artístico de Grandma Moses (Abuela Moses), quien falleció a los ciento un años de edad y dejó una prolífica obra pictórica de unos mil quinientos cuadros. La señora Moses, que comenzó a pintar recién a los setenta y cinco años, no había estudiado ese arte con anterioridad y, hasta ese momento, su vida se había centrado en su hogar y granja.


A lo largo de su existencia, Grandma Moses debió enfrentar un sinfín de infortunios. Cinco de sus diez hijos murieron jóvenes, y perdió a su esposo cuando tenía sesenta y seis años. A pesar del dolor y de la aflicción que había experimentado, no permitió que el sufrimiento la derrotara y mantuvo la mirada hacia adelante.


Ante cada obstáculo que se presentaba, Grandma Moses, con la frente en alto, trataba de que cada ocasión, cada día y cada instante brillaran con una sonrisa. Por eso, cuando los hijos se marcharon, y su esposo falleció, no se dejó vencer por la soledad ni renunció a la vida. Decidió emprender un nuevo desafío: pintar. Fue así que sus últimos años resultaron resplandecientes como un espléndido crepúsculo. En cierta oportunidad escribió: "Miro hacia atrás, contemplo mi vida como si fuera un buen día de trabajo y me siento satisfecha con ella. Viví feliz y a gusto. No conocí nada mejor que esta vida y aproveché al máximo cada oportunidad que se me brindó. La vida es lo que hacemos de ella. Siempre ha sido así y siempre será así".


Hay una gran diferencia entre vivir una larga vida y vivirla con plenitud. En última instancia, lo importante es que plasmemos nuestra existencia de los más ricos colores y no, preocuparnos de cuán longeva pueda llegar a ser. Una vida pletórica de experiencias y de satisfacción es lo que, al final del camino, nos hace sentir plenamente realizados.



Notas bibliográficas

ULLMAN, Samuel: Seishun to iu Na no Shi (Un poema llamado "Juventud"), editado por Osamu Uno y Munehisa Sakuyama, Tokio, Sangyo Noritsu Daigaku Shuppan-bu, 1986. Traducción indirecta del japonés.
MOSES, Grandma: My Life's History (La historia de mi vida), editado por Otto Kallir, Nueva York, Harper & Brothers, 1948, pág. 140. Traducción indirecta.