Presidente de la SGI :
Daisaku Ikeda
Daisaku Ikeda es un escritor prolífico, poeta y activista de la paz, reconocido como uno de los intérpretes más importantes del budismo, quien con su sabiduría influye en muchas de las cuestiones contemporáneas que enfrenta nuestra humanidad.
La amistad es la relación más humana que las personas pueden establecer. Ser comprendido y apreciado por lo que uno es, por sus cualidades, libre de adornos, es una de las más valiosas experiencias.
En la vida, disfrutamos de la compañía de una serie de amigos. Los compañeros de infancia abandonados en la memoria, los amigos de la escuela primaria, el "mejor amigo" de la adolescencia, los compañeros laborales, el compinche de nuestras mejores vivencias, el compadre de tragos, y a medida que acumulamos años, el amigo con el cual nos damos el gusto de tomarnos una taza de té y pasar horas conversando.
En cualquier etapa de la vida, sea cual fuere la clase de relación fraterna que se dé entre dos personas, la amistad se caracteriza por ser un vínculo puro, sincero, que no está regido por intereses ni conveniencias.
En la infancia, carecemos de la experiencia para apreciar las cualidades trascendentes de una persona. En la adolescencia, los compañeros nos enseñan por primera vez a esforzarnos para atesorar a otras personas, a creer en ellas, a corresponder en su confianza y cumplir nuestras promesas.
A pesar de que este planeta está habitado por 5.800 millones de personas, es difícil encontrar auténticos amigos incondicionales, que nos acepten tal como somos y que nos entiendan sin recurrir a las palabras, porque amistades así de valiosas requieren muchos años para ser cultivadas. [Nota del traductor: La cifra poblacional corresponde a 1998, en que el autor escribió el ensayo.]
En el caso de la mujer es especialmente importante no alejarse de las mejores amistades, sobre todo, luego del matrimonio o de cualquier cambio sustancial que ocurra en su vida. Ocasionalmente, según el ineludible ritmo de la vida, el tiempo trae la muerte de los padres, el divorcio o la pérdida del conyugue; los hijos se independizan y abandonan el nido del hogar. Entonces, una gran desolación se apodera de la persona.
Por eso, la clave para llevar una vida plena es contar con, por lo menos, una persona con quien mantengamos una amistad genuina y con la cual podamos conversar sobre los temas más diversos.
El dolor de nuestro amigo nos hará llorar; su felicidad nos hará brincar de júbilo. Cuando uno comparte estas emociones, se amplía nuestro mundo y corazón. Lo fundamental para hacer amigos es tener un espíritu generoso y respetar las diferencias de carácter y temperamento.
Una de las amistades más valiosas es aquella que trasciende las diferencias étnicas y nacionales. Una vez, tuve la oportunidad de leer una obra de Romain Rolland sobre un par de amigos, Cristóbal y Oliverio. Estos eran totalmente distintos. Cristóbal era alemán y Oliverio era francés. Cristóbal exudaba fortaleza y vigor, mientras que Oliverio era físicamente débil, pero perceptible. A medida que la simpatía entre ambos fue creciendo, lograron descubrir, fuera de sus expectativas, que tenían mucho que compartir.
Así, Cristóbal y Oliverio departieron efusivamente sobre temas diversos –sobre las diferencias sociales, la idiosincrasia, el arte, la libertad y la humanidad—. En este proceso, pudieron conocer mundos totalmente nuevos. En ocasiones se exacerbaban ante la dificultad de poder comprender al otro, pero su amistad sobrevivió a pesar de una eminente guerra entre sus países.
Estoy convencido de que cuando logremos construir sólidos lazos de amistad por sobre las fronteras nacionales, conscientes de que todos somos parte de la misma familia humana, entonces seremos capaces de superar las diferencias étnicas y religiosas. Sin duda, estos vínculos fraternos serán los cimientos para la creación de un mundo pacífico.
La cuestión es cómo aplicar dicha perspectiva en el plano personal. Debemos armamos de valentía, abrir nuestros corazones y fomentar el diálogo sincero. A través de este esfuerzo veremos nacer impensadas nuevas relaciones de amistad.
Promover la amistad y mantenerla depende de uno y no de los otros. Recae en nuestra propia actitud e iniciativa. Las relaciones humanas son como un espejo. Mientras uno esté pensando "si fulano y mengano fuesen más simpáticos conmigo, yo les hablaría de cualquier cosa con confianza", es probable que la contraparte esté pensando "si zutano y perengano se abrieran más conmigo, yo sería más bueno con ellos".
Si uno es sincero en sus relaciones con los demás, sin duda, algún día, se verá rodeado de buenos amigos, ya que los que no temen ser auténticos disfrutan de buenos amigos en quienes confiar.
La verdadera amistad entrelaza a personas que gozan de confianza en sí mismas y que comparten un vínculo en común. Por ejemplo, en un bosque de bambúes, cada tallo se erige por sí solo apuntando al cielo, pero sus raíces ocultas se conectan entre sí bajo tierra.
Por otro lado, la amistad que suscita entre quienes carecen de un sentido claro en la vida tiende a estancarse o a engendrar una relación dependiente. La amistad no se trata de simplemente sentir afinidad por alguien que nos dedica su tiempo, que nos presta dinero, o que es amable. La verdadera amistad implica un compromiso serio y estar dispuesto a velar por el bienestar ajeno, en ocasiones, a costa de nuestro propio bienestar.
Los malos amigos que acentúan nuestras debilidades se presentan fácilmente. Por el contrario, los buenos amigos son difíciles de encontrar.
Tsunesaburo Makiguchi, dedicado educador de enseñanza primaria y fundador de la Soka Gakkai, aseveraba que la amistad podía clasificarse en tres tipos. Esto, decía, podía constatarse en el siguiente ejemplo: Digamos que tenemos un compañero que necesita dinero. Darle el dinero que requiere es un acto de pequeño bien; mientas que ayudarlo a encontrar un trabajo es un acto de mediano bien. Sin embargo, si la verdadera causa de su sufrimiento es su tendencia a ser negligente, entonces, apoyarlo monetariamente sólo perpetuaría gravemente sus hábitos negativos.
Si la amistad es auténtica, uno ayudaría a esa persona a cambiar su desidia, es decir, el mal que origina su sufrimiento. El amigo de verdad nos dice lo que a veces no queremos oír, cosas que, en realidad, necesitamos saber para seguir adelante y crecer como seres humanos. La presencia de un amigo auténtico enriquece nuestras vidas por duplicado y triplicado. Una persona con un amigo así nunca estará abandonada en su andar.
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