Presidente de la SGI :
Daisaku Ikeda
Daisaku Ikeda es el presidente de la Soka Gakkai Internacional (SGI), una organización mundial con más de doce millones de miembros en 190 países y territorios, y fundador de varias instituciones educativas, culturales y de investigación.
Es un escritor prolífico, poeta y activista de la paz, reconocido como uno de los intérpretes más importantes del budismo, quien con su sabiduría influye en muchas de las cuestiones contemporáneas que enfrenta nuestra humanidad.
La condición de no permanencia de todas las cosas es un hecho del que no se puede escapar en la vida. Pero una cosa es saber en teoría que cada momento de nuestra vida puede ser el último, y otra muy distinta es vivir y actuar concretamente sobre la base de esa creencia. Generalmente, tendemos a imaginar que siempre habrá una nueva oportunidad de encontrarnos con nuestros amigos y parientes, y de departir con ellos, de modo que no importa si algo queda por decirse.
Cada vez que me encuentro con alguien, trato de dar lo mejor de mí, porque sé que ese puede ser nuestro último encuentro. No les doy cabida a las lamentaciones y me esfuerzo por concentrar todo mi ser en cada momento.
El budismo identifica el dolor por la partida de los seres amados como uno de los sufrimientos ineludibles de la vida. La tristeza que causan las separaciones es un sentimiento que no podemos evitar.
Shakyamuni, el Buda que vivió en la India hace más de dos mil años, perdió a su madre cuando apenas tenía una semana de nacido. Mientras crecía, constantemente se preguntaba: "¿Por qué murió mi madre?, ¿adónde se fue?, ¿dónde puedo encontrarla?, ¿qué es eso llamado 'muerte', que me arrebató a mi madre?, ¿qué es la vida?".
La tristeza por la pérdida de su madre se convirtió en una poderosa fuerza motriz que impulsó a Shakyamuni a desarrollar un profundo amor compasivo por otros y a buscar la verdad de la vida.
Un día, el Buda se topó con una mujer cuyo hijo había muerto; errabunda y con la mirada triste, aferraba el pequeño cuerpo inerte del niño. La mujer imploró con los ojos anegados: "¡Por favor, dame una medicina para salvar a mi bebé!".
Aunque ya nada podía hacer por el niño, Shakyamuni intentó infundir valor a la madre. Le dijo que fuera por algunas semillas de amapola para prepararle una medicina, pero que solo las buscara en casas de familias que nunca hubiesen experimentado la pérdida de un ser querido.
La mujer recorrió el pueblo, buscando en cada casa. A pesar de que muchas tenían las semillas, no había un solo hogar en el que no hubiese ocurrido una muerte. La angustiada mujer comenzó a darse cuenta de que cada familia guardaba en su corazón la tristeza de haber perdido a algún ser querido. Gracias a esa experiencia, entendió que no estaba sola en medio de su congoja.
Tal vez no haya palabras que puedan reconfortar el corazón de una madre que ha perdido a su hijo. Una persona realmente sabia, que se acerque a una madre cuyo hijo ha fallecido, simplemente se sentará a su lado y la acompañará sin decir nada. Aun cuando no haya intercambio de palabras, la profunda y cálida preocupación de esa persona será percibida.
Desde el punto de vista del budismo, los vínculos que unen a los seres humanos no se limitan a esta existencia. Los que han fallecido continúan viviendo dentro de nosotros, y podemos compartir con ellos la felicidad de manera natural. Por eso, lo más importante para los que estamos vivos es vivir radiantes de esperanza y esforzarnos para ser felices.
Al lograr nuestra propia felicidad, podemos transmitir "ondas" invisibles de dicha a quienes han fallecido. Pero, si dejamos que la tristeza nos gane, los difuntos sentirán ese dolor, porque somos completamente inseparables.
Cuando conocí a Sonia Ghandi, viuda del primer ministro de la India, Rajiv Ghandi (1944-1991), no mucho tiempo después de la trágica muerte de su esposo, le dije: "La vida de aquellos que han sufrido grandes tragedias resplandecen con el brillo más prístino. Por favor, cambie su destino y conviértalo en un manantial de gran valor. Si usted está triste, su esposo se afligirá con usted. Si usted se levanta con una sonrisa, su esposo estará feliz también". Me es muy grato decir que, con gran coraje y determinación, ella está dedicada ahora a continuar la labor de su marido.
Cuando uno enfrenta una gran tragedia, puede perder la dirección de su vida. Entonces, tiene que escoger entre mantener en alto el espíritu y continuar viviendo con fortaleza o dejarse abatir por la desesperanza.
Existen muchos ejemplos de personas que perdieron a sus progenitores a temprana edad, pero que han concretado grandes logros. Oswald Mbuyiseni Mtshali, un famoso poeta sudafricano con quien he cultivado una gran amistad, me dijo una vez que los primeros versos que había compuesto se los había dedicado a su madre. Él recuerda: "La muerte de mi madre causó un gran impacto en mi vida, tan grande, que casi no pude recuperarme de él. Me tomó mucho tiempo superarlo. Pero finalmente llegué a percatarme de algo: que toda la fuerza que yo tenía era el legado de mi madre. Las palabras de mi madre permanecían vivas en mí. Ella vivía dentro de mí. Cuando me di cuenta de ello, los versos para mi madre surgieron espontáneamente desde lo más profundo de mi corazón".
Al esforzarnos para superar la desolación de la muerte, tomamos más conciencia de la dignidad de la vida y aprendemos a comprender el sufrimiento de los demás.
La biblioteca de la Universidad de Harvard fue construida gracias a las donaciones de una mujer, Eleanor Elkins Widener, que perdió a su hijo en el trágico hundimiento del trasatlántico Titanic, en 1912. Su hijo, Harry Elkins Widener (1885-1912), quien murió a los veintisiete años, era egresado de dicha casa de estudios superiores; tenía una gran pasión por la lectura y era dueño de una amplia colección de libros. Había abordado el Titanic, junto a sus padres, con el propósito de comprar libros.
Harry Elkins Widener era un hijo cariñoso, un joven valiente y heroico. Cuando vio que su madre estaba segura en el bote salvavidas, se quedó atrás con su padre en el barco que se hundía. Cuando los más de tres mil valiosos libros que había recolectado fueron donados a su alma máter, la institución no tenía donde colocarlos. Eso decidió a la madre a donar grandes sumas de dinero a fin de que se construyera una biblioteca para albergarlos. Fue así como la trágica pérdida de una persona se convirtió en el origen de una invalorable presea para un sinfín de estudiantes.
Las personas que logran superar el dolor y continúan viviendo con fortaleza y valentía son dignas del mayor respeto. ¡Cómo no sentir una gran admiración por quienes superan el sufrimiento y continúan su marcha con el deseo de legar algo valioso a las generaciones futuras!
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