Presidente de la SGI

Presidente de la SGI : 
Daisaku Ikeda

Daisaku Ikeda es un escritor prolífico, poeta y activista de la paz, reconocido como uno de los intérpretes más importantes del budismo, quien con su sabiduría influye en muchas de las cuestiones contemporáneas que enfrenta nuestra humanidad.


Presidente de la SGI :: Obras :: Ensayos

El tercer presidente

(tomado de Mis recuerdos)


"Cuando muera, dependeré de ti para continuar mi tarea". Las últimas palabras del señor Toda retumban como un eco en mi mente. Siento que jamás podré llegar a calcular el inmenso valor de la capacitación continua y disciplinada que recibí de mi mentor. Día tras día, yo permanecía despierto hasta tarde, mientras las ruedas de mi mente giraban sin cesar. En junio de 1958 fui nombrado director ejecutivo de la Soka Gakkai. Las montañas de trabajo administrativo y los agotadores viajes se habían convertido en parte de mis actividades cotidianas por consolidar la organización. La tarea de propagar la fe y expandir nuestra organización me mantenía muy ocupado, yendo y viniendo, de un extremo al otro del país.


Un día en Hokkaido, con sus vientos, su luna y su exuberante verdor. Otro en la isla de Sado, flotando sobre mares tormentosos. Luego viajando hacia Kyoto, ciudad que desborda sentimiento poético. A continuación a Kyushu, con sus gigantes pilas de basura alrededor de las minas de carbón que me recordaban el empobrecimiento de la sociedad moderna. Toyohashi, Otsu, Fukui, Fukuchiyama, Gifu, todo en una apretada agenda de cinco días. Mi interminable marcha continuaba. Osaka, Nagoya, Sendai... cada día una nueva oportunidad.


En ese proceso había transcurrido un año, y cuando ya estaba a punto de pasar otro, tuve que enfrentar un problema muy complejo. Todas las personas que me rodeaban comenzaron a pedirme que fuese el tercer presidente de la Soka Gakkai. Una y otra vez, me negué.


Sin embargo, finalmente, no tuve más remedio que aceptar. En mi diario personal, escribí algunos de los incidentes que estaba viviendo en ese entonces. 30 de marzo de 1960: "Todos los miembros del staff administrativo están inclinados a mi favor; ellos también dicen que es el momento adecuado; y que esperan nombrarme tercer presidente. Quizá sea egoísta, pero me negué rotundamente. Estoy exhausto". 9 de abril: "Se llevó a cabo una reunión extraordinaria de la junta directiva en la sede central hasta tarde. Me preguntaron sobre la decisión de asumir la presidencia; rehusé con cortesía". 12 de abril: "Tuve noticias de que existe un fuerte y unánime deseo de que yo asuma como tercer presidente. Me niego a hacerlo".


Para el 14 de abril, ya no podía rehusar, así que, sin otra opción, finalmente acepté. En mi diario, el día catorce escribí: "Fin de la resistencia. No tengo alternativa. No tengo ninguna otra opción".


Fui nombrado tercer presidente de la Soka Gakkai el 3 de mayo de 1960. La ceremonia se llevó a cabo en el auditorio de la Universidad Nippon, en Ryogoku, Tokio. El desagrado que me producía convertirme en presidente estaba más allá de lo que las palabras podrían describir. No obstante, una vez nombrado, tuve que llevar adelante todas mis responsabilidades. Me preguntaba, sin embargo, cuánto aguantaría mi salud. En la ceremonia de nombramiento, el reverendo Hosoi Nittatsu, 66o sumo prelado del templo principal de la Nichiren Shoshu, me expresó sus felicitaciones y me dijo que depositaba grandes expectativas en mí. Las responsabilidades colocadas ese día sobre los hombros de una persona que apenas contaba con treinta y dos años de edad, eran extremadamente agobiantes.


Esa noche, cuando regresé a mi hogar, en Kobayashi, distrito de Ohta, esperaba que mi esposa me hubiese cocinado una modesta cena festiva con arroz rojo, o algo similar. Ella no había preparado nada. Su excusa fue: "Me imaginé que, desde hoy, ya no volverías a casa. Hoy es el funeral de la familia Ikeda". Para mi esposa y mis tres hijos, el 3 de mayo en realidad representaba un "funeral". Hasta poco tiempo antes de mi nombramiento, apenas podía llevar a mi esposa al cine, o cosas así, cada dos meses. Pero después de mi nombramiento, incluso eso pasó a ser algo imposible. Como tenía muchas cosas que hacer, simplemente no tenía oportunidad de estar cómodamente en casa, como hacen quienes piensan que la alegría de la vida yace en regresar del trabajo por la noche, darse un baño y cenar rodeado de su familia. La crianza de nuestros tres hijos quedó, así, en manos de mi esposa. Afortunadamente, parecía que los estaba llevando a ser tres niños muy buenos.


Una vez, traje desde Kyoto un pequeño casco samurái como souvenir para mi hijo mayor. Todos los años, en Sekku, el Festival de los Niños, mi familia coloca este casco de juguete en un logar especial de la casa. La realidad es que mis hijos crecieron sin conocer realmente a su padre, quien no estuvo en casa con ellos la mayor parte del tiempo.


A pesar de esta situación, ocurrió un hecho que me hizo sentir muy orgulloso. Una vez, cuando mi hijo mayor tenía unos cinco años, mi suegra le preguntó, mientras caminaban por la calle: "¿A quién quieres más de la familia?". Como él era el preferido de la abuela, seguramente se lo estaba preguntado confiando totalmente en su respuesta. Sin embargo, él dijo: "A papá". Y luego, la abuela le preguntó: "¿Y después a quién quieres más?". Y él respondió: "A mamá". Finalmente, a la tercera pregunta, él respondió: "A abuelita". Sé que mi suegra se sintió terriblemente mortificada por las preferencias de su nieto, ya que ella se encargaba de consentirlo y cuidarlo de la mañana a la noche.


Actualmente, mis dos hijos mayores están en la universidad y el más pequeño va a la secundaria. Mi principio educativo es respetar su individualidad. El deseo de su madre, al parecer, es que aunque nunca logren nada notable, al menos puedan mantener una buena salud.


En la edición de Año Nuevo de 1974 de una conocida revista para mujeres, escribí un artículo titulado "Mi compromiso con mis hijos". Concluí el artículo con estas palabras: "Dentro de poco, se enamorarán y se casarán. Cuando lo hagan, sólo quisiera decirles una cosa: ‘No se preocupen por mí. Asegúrense de atesorar a su madre’. Algún día, espero poder estar a su altura. Ella jamás olvidó sonreír, a pesar de haber sentido que aquel 3 de mayo era el "funeral de la familia Ikeda".